Mil Cien Segundos

“… Había avanzado una cuadra, distraída en los recuerdos de aquella noche, distraída en la mirada de aquel muchacho, en la decepción de la espera después de aquel ‘ya regreso’”

– Regreso — Y ella supo que no regresaría.

Terminó de beber lo que había en el vaso y se levantó, no valía la pena seguir ahí, en la puerta un grupo de chicas era asediado por un par de hombres que quizá les doblaban la edad, ellas reían encantadas y ellos hacían gala de sus mejores frases trilladas para impresionar. No le encontraba mucho sentido a esa escena, vamos, que ellos querían llevarlas a la cama y ellas lo sabían, entonces, ¿Por qué los disfuerzos?, ¿para qué el palabreo innecesario que solo genera ruido?, ¿para qué las sonrisas fingidas?. De cualquier forma cuando despertasen se darían un par de besos y cada quien seguiría su vida sin mayor recuerdo del otro que una noche de descontrol habitual.

Nos hemos vuelto cínicos, pensó, y empezó su caminar. La noche era cálida y la calle silenciosa. Sus tacones empezaron a hacer eco en las paredes pero no tanto como sus pensamientos rebotando en su cabeza.

En verdad no había tenido muchas ganas de salir pero lo hizo por insistencia de sus amigas — necesitas salir más seguido — le sugerían. No, lo que necesitaba era ordenar su vida y no complicarla con salidas que solo perjudicaban su ya nada buena situación financiera. Pero bueno, a fin de cuentas la decisión había sido suya, de eso no podía culparlas. Todas habían terminado haciendo buenas migas con algún gringo desabrido. A ella no le gustaban los gringos, a veces creía que no le gustaba nadie.

No, a ella en verdad no le gustaba nadie. Por eso los espantaba con su actitud indiferente y poco interesada. A los hombres les gusta sentirse interesantes, y a ella le gustaba hacerles sentir todo lo contrario. Aunque con este chico se había esforzado un poco por que había algo en el que le resultaba atractivo.

Cuando ella ingresó a aquel bar, él ya se encontraba dentro bastante animado, tenía una cerveza en la mano y reía sonoramente. Se fijó en sus ojos, enmarcados en grandes pestañas negras, definitivamente no era el más atractivo del lugar, pero ahí estaba ella haciéndolo el centro de todo el lugar.

Hace aproximadamente una hora se había acercado a su mesa, no para hablar con ella sino con una de sus amigas. Por lo que había podido oír él era compañero de colegio de su hermano y aunque al principio no se habían reconocido ahora hablaban como viejos amigos de toda la vida. En verdad ella no le prestaba atención pues estaba más interesada en otro muchacho (que valgan verdades no estaba interesado en ella). En algún momento se vio conversando con él, fue su distracción ante la indiferencia de la otra muchacha. No le había dado tanta importancia a aquel asunto (ser su segunda opción). Ahora reían y eso era lo importante. Ahora era ella quien tenía su atención y lo estaba disfrutando.

La plática era ligera y muy cómoda, el reía con sus comentarios sarcásticos y ella fingía timidez. Si, fingía, era para nada tímida y esa siempre fue su mejor estrategia; a los hombres les gustan las mujeres tímidas.

Había avanzado una cuadra, distraída en los recuerdos de aquella noche, distraída en la mirada de aquel muchacho, en la decepción de la espera después de aquel “ya regreso”, por qué había esperado, se había quedado sentada en aquella incomoda silla de barra y había esperado 1100 segundos — había contado cada uno de ellos — y nadie se demora 18.33 minutos en el baño. Al menos no un chico.

Y es que ese era su problema, era un problema contar el tiempo que la gente pasa junto a ella, darle importancia a esos detalles que para los demás no significan nada. Él no había regresado y ella no había esperado más. Su celular sonó en su cartera, decidió ignorarlo, no estaba muy segura de a donde quería ir pero siguió caminando, pensando en aquel chico que prometió volver y que no lo hizo, deseando encontrarlo otra vez.