La n o c h e languidece

Un riff impetuoso y un blues lento e irresistible conquistan cada pequeña esquina del cuarto. Compró un equipo nuevo para que ella pudiera escuchar todos los discos empolvados que arrumbó en el placard. Seguro que se volvería loca, hasta quizás se ponga ese vestido bordó suelto, suave en la piel y baile enredada en sus brazos.
Pero como ella no había llegado, Mariano decidió probar el primer disco y sorprenderla cuando llegue a casa. La intro sigue sonando mientras el shampoo de lacio definido sigue en su peso original. Las galletitas del paquete rosa siguen vencidas en el estante, los pinceles compactos hundidos en un mate viejo y el pijama con encaje durmiendo bajo la almohada.
De fondo comienza a acompañarlo la voz de Eric Clapton. Busca un par de velitas para alumbrar la sala que dejó a oscuras. Un ramito de claveles amarillos también ocupa su lugar en la mesa junto a un chocolatín. Se estaba muriendo de ganas por verla entrar, sentir ese manojo de nervios incontrolable, ver su sonrisa de sorpresa y decirle con su timbre ronco y apacible: “You look wonderful tonight”.
Pero ni la música ni el clavel iban a opacar el frío de las pantuflas al lado de la cama, ni al cepillo de dientes con las cerdas sin florecer. Desde su balcón se ve un gran paisaje arbolado que cada noche que pasa le fastidia más brindar. Sus copas se vuelven sedentarias. Sin ánimos de moverse. De a poco.. él se va mimetizando con ellas y pasan las horas sin reloj.
Hace un frío que lastima. Mariano se parece mucho a sus últimas pinturas, invariable. El tiempo le tiñe el pelo sin darse cuenta, es que está muy ocupado esperando.. esperando verla y contarle lo maravillosa que se ve esta noche…
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