¿Me escuchás?

Ustedes no me pueden parar.
Ya lo intentaron, pero por suerte no existen correas tan grotescas para amarrarme.
Ni siquiera los marineros pueden ingeniárselas con nudos de fantasía para retenerme. Tengo un norte seguro. Tengo la fuerza de un continente; lo digo y sonrío, pero es verdad. Mis ganas de ser libre se amotinan y se revelan ante ustedes. No tengo un dios que me acompañe. No tengo un amor. No tengo guía. Soy mis piernas y mis ganas de avanzar. Soy mi corazón y sus ganas de latir. A mis costados hay algunos platos con frutas duras, un florero apagado, una luz sin procedencia y un hombre sosteniendo una cruz. Pero eso no me distrae. Mi norte es claro, claro. Me quieren conservar con manzanas y otras nueces, pero las drogas no me calman, ¿me escuchás? no lo entienden.

Hola, por favor no apagues la música. No apagues lo que me mantiene vivo. Sí, es eso y no la maraña de hilos que me atan. Te pedí que no lo hagas, no me importa si nadie lo puede costear. No dejes que el blanco se me venga encima. Que lo último que quede sean los graves del bajo. Y se despidan dejando sombras. Relieves. Todo me mira, me mira tirado, colgado a un suero, color pared, con la lengua agitada y sangre suficiente para resoplar.

Y ahora entiendo que estoy acá y no allá. Que no me vienen a visitar. Que soy carne enredada en cables. Que sigo mirando a través del marco de la ventana viendo cómo me pega el sol mientras salgo corriendo sin correa, sin opresiones sobre mi cabeza y con mis ganas de avanzar ¿Cuánto más tengo que pagar para seguir vivo?, ¿me escuchás?

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