Píldoras de la felicidad

En espacios blancos donde todo parece más pulcro 
donde todo parece más derecho, 
lo amplio se vuelve retorcido, llano, rancio. El roce, obligatorio y solitario.

Miri si hay algo que cuidó en su vida es su departamento. No tiene lámparas artificiales para alumbrarlo porque cuando el sol se prende ella se levanta y cuando se apaga, se apaga con él. Toma muchas botellas de agua por día y le da fobia perder cosas.

Gonzalo se tuvo que acoplar a este caprichito de Miri, pero lo cierto es que ella no le priva de la electricidad para usos dispensables, la computadora, un pequeño televisor en el living y una lámpara de sal para el baño. A él le encanta juntarse en familia y le da miedo quedarse corto de plata.

El departamento nuevo no es muy grande pero las paredes blancas ayudan a que no se te venga el rectángulo encima. Ahora les va mejor en lo económico, desde que Gonzalo recibió un aumento no para de festejar que lo ascendieron después de 10 años en el mismo puesto. Miri está muy feliz por él pero discuten bastante, entre los tópicos, el departamento siempre a la cabeza. Que ella quiere quedarse, que le encanta la ubicación, que se lleva muy bien con los vecinos y le gusta la vista. Él, que quiere irse a un lugar más grande, que más cerca del centro, que un departamento no es una casa.. que se siente en un claustro.. que hay que pensar en agrandar la casa.. la familia..

Miriam le sonríe pero él no la nota. Hace tiempo que no se advierten uno al otro.
Miriam toma la píldora roja. 
Pone la pava eléctrica en 75º porque sabe que a él le gustan los mates bien calientes. Saca unas galletitas con semillas de un paquetito y las pone sobre la mesa. Él todavía no dejó de hablar por el tubo con uno de sus jefes. 
Miriam ojea una revista y toma los primeros dos mates. Los escupe. Vuelve a cebar. Se toma la píldora naranja con un vaso de agua lleno apretando los ojos. Traga como si hubiera embuchado una cuchara de arcilla. Quiere creer que el todavía está con ella en esa misma habitación.

“Ya esto es cruel”, le grita Miriam mientras se mete la amarilla en la lengua. Oprime un poco más los párpados y se mastica dos uñas hasta quebrarlas. Chequea el último mensaje en el celular y levanta la vista decisiva a la puerta del dormitorio.

Finalmente aparece como si lo hubiera atraído con la mirada. Lo ve deambular arrastrando las pantuflas y con la marca de la almohada en un cachete. La mira con ojos irritados. Se muerde los labios pero también le sonríe. Se acerca con pasos lentos y la va enredando entre sus brazos con algunos suspiros entrecortados y un “perdón por no haber estado antes” seguido de un “estás preciosa ”. Sus lágrimas no tienen forma, simplemente aparecen y le mojan la espalda. Lo exprime con todos sus músculos hasta que Gonzalo se aparta. La deja llorar y toser del dolor. Miriam va encorvando su cuerpo hasta llegar al piso.

Detiene lo que está haciendo para agarra una servilleta y limpiar el suelo. Mientras suena el timbre. 
Miriam chequea su último mensaje. Corre igual que el tiempo, salticando, busca una remera nueva, se salpica la cara con agua, se sopla los ojos y toma la funesta verde. Abre la puerta, da la bienvenida al departamento con una sonrisa cansada, parecida a la de Gonzalo de hace un rato. Le dice a la pareja que está todo en excelentes condiciones, que el lugar es chico pero que las paredes blancas y las ventanas dan la sensación de un lugar más grande, pulcro, derecho y que prácticamente no se necesita luz artificial. Les da las llaves y les desea que vivan un amor tan grande como el departamento les permita.