La caja
De todos los juegos de niños, las escondidillas siempre fue mi favorito, lo incluía todo, acción, intriga y esperanza, no necesitabas ningún objeto ni artilugio más allá de la astucia y el silencio, bueno, y saber contar, aunque fuera hasta diez. Y en las escondidillas no había mejor jugador que mi primo Gerardo, pequeño, hábil, paciente y rápido para escapar de escondite en escondite, tal cual, como un ratón. Cada vez que venía de vacaciones o yo iba a su casa era una garantía que si jugábamos con él, siempre sería el ultimo en ser encontrado e innevitablemente quien gritara “un dos tres por mi y todos mis compañeros”. Ser el buscador contra Gerardo era una tortura por que además de todo, siempre ayudaba a los demás a encontrar un buen escondite y como yo era su primo favorito, el mejor lugar, el secreto era siempre para mi.
Cuando el teléfono sonó aquella tarde no parecía que fuese importante, un sábado a las 5pm no es un horario extraño para atender llamadas, mi padre quien descansaba los fines de semana fué quien contestó. -Bueno… sí te escucho Laura, ¿Qué pasa?… ¡Pero no, no es cierto!… ¡¡Gerardo!! ¡No, no, no!… ¡sabía que se sentía mal pero no pensé que fuera para tanto!… No lo puedo creer… Sí, yo le avisó a Mamá… Ahí estaremos… — Mi padre colgó el teléfono, se levantó los lentes, enjuagó un poco sus ojos y volteó a verme.- Tu tío… — Me dijo entre dientes — Iremos a verlo.
La muerte es extraña cuando tienes 7 años, es algo que sólo le pasa a los otros, tu percepción de ella es como hablar de magia o unicornios, existe solo en las historias, en los libros, películas o algunas veces en los periódicos, pero en general, nunca en la casa, por eso cuando me dijo Mamá que íbamos a ir al velorio en donde el tío Gerardo, realmente debo confesar que me emocionó un poco, desde el verano pasado que no veía a mi primo favorito y quizá esto si bien parecía algo triste, también sonaba a cosas de adultos, donde se reúnen, beben, platican, toman café, cantan un poco y al final discuten y vuelven a beber. Lo veía como una oportunidad, todos los primos juntos algo bueno tendría que pasar.
Llegamos cerca de las 7 de la tarde, aun no oscurecía pero el cielo estaba nublado, había al rededor de 30 o 40 personas, adultos al menos y más o menos unos 20 niños algunos primos míos, otros primos sólo de Gerardo y como 2 o 3 niños que eran sus vecinos. La casa era una vieja casona del centro,en el primer patio estaban todos bajo una lona sentados en sillas plegables, platicando, algunos llorando y otros contando historias acerca del tío Gerardo — ¿Recuerdas cuando montó un cerdo? — Decía alguno a otro— O aquella vez que le escondió el ojo de vidrio a la tía Teresa — Reían un poco. — — Realmente era un buen hombre, concluían entre lágrimas. Pero realmente lo interesante estaba en el segundo patio, onde contaban que en el segundo patio donde contaban que hace tiempo había existido un corral donde guardaban animales, borregos y gallinas, quedando ahora solo un conjunto de mini bardas de madera de 1 metro de alto máximo regadas a cada dos pasos, además tenía ese estilo extraño de habitaciones conectadas, cada una tenia una puerta doble y al abrirla entrabas de nuevo a otra habitación, era de un sólo piso, pero por cada patio había al menos 6 recámaras, o estancias, llenas de muebles antiguos, camas, literas y viejos roperos, una casa que en algún momento albergó a los 8 hermanos de mi padre, mi abuelo, mi abuela, dos empleadas y un pariente de mi abuela que había quedado viudo y vivió ahí hasta el final de sus días. Esa casa, era el paraíso de las escondidillas.
Hay ventajas que vienen de la mano con la inocencia, a esa edad el ser imprudente no es pecado y el habernos pasado por encima el pésame y directamente llegar al “zapatito blanco zapatito azul” fué bastante sencillo, de todos modos nadie sabía que decir, de todos modos nadie quería decir nada. Se establecieron las reglas, se podía uno esconder en cualquier lugar de la casa, siempre y cuando no nos regañaran los adultos, por lo que intentamos limitarnos al segundo patio y los cuartos más alejados del evento que estaba sucediendo a lado. Entonces, empezó la cuenta hacía el 100, rápidamente busqué a Gerardo, era su casa, evidentemente sabía donde escondernos y si de por si era un Crack, en estás condiciones de ser cancha local, el éxito estaba seguro, pero, al momento de acercarme a él, algo extraño pasó, sin decir nada para alterar el juego tomó mi mano y me llevó a una de las esquinas del antiguo corral, lo veíamos todo y nadie nos veía a nosotros, parecía el lugar perfecto, pero no me separó para esconderme si no para hacerme una confesión, nervioso me dijo: -No lo encuentro, no encuentro a mi papá. — Me quedé helado, justo en ese momento me percaté de una cruel y extraña situación: Gerardo no sabía lo que estaba pasando. No entendía por que había venido tanta gente a su casa y sobre todo, no sabía donde estaba su padre. ¿Cómo podía ser yo quien se lo explicase, si ni siquiera entendía muy bien como funcionaba esa extraña cosa que le llaman muerte? Pero, no tuve tiempo de resolver esta interrogante, no me permitió decir nada, simplemente siguió con su intriga, — No se dónde está, pero tengo una ligera sospecha, ¡Vamos, acompáñame el primer patio! — Entonces me arrastró de la mano esquivando al buscador con el talento que siempre lo caracterizó, caminaba hacía un muro y esperaba a que pasara, de puntillas se deslizaba casi rozandólo, mientras sostenía mi mano y me forzaba a ser igual de silencioso que él, entramos a un cuarto y nos metimos debajo de la cama, escuchamos los pasos de nuestro captor, justo al acercarse al borde, Gerardo aventó una moneda que traía en un bolsillo hacia el librero, y salimos por el otro lado, después otro cuarto, otro más y una sala vacía llena de polvo que se comunicaba con la última habitación del primer patio, la cocina, la cual atravesamos por debajo de manteles y entre mundos de piernas, parecíamos invisibles, nadie alcanzaba a ver al dínamo de poco más de un metro que pasaba entre abrigos y rebozos, los adultos estaban tan llenos de ellos mismos que no se atrevían a voltear a ver a nada que se moviera más rápido que un caracol, era un ritmo de velorio que ni siquiera por nosotros podían romper, entramos a otra sala, ahora sí, con gente, en uso, escabulliéndonos por detrás de los sillones, ocultándonos tras ancianas torticoliosas y cuellos sin eje, salimos al patio y ahí estaba, la caja.
-Mira ahí está, ahí es donde creo que está escondido, vaya si es bueno, eso de esconderse justo enfrente de todos, es un verdadero genio. — Me dijo casi sonriendo. Nos acercamos lentamente, (sigo sin entender como es que nadie nos detuvo) y justo al borde, Gerardo se incorporó, se subió a un barquito que estaba justo a lado y recién desocupado, levanto la tapa superior con el esfuerzo de sus dos manos,abrió la caja un poco, asomándose hacia dentro mientras gritaba: ¡Te encontré!…
Ese día Gerardo no ganó, no puedo decir el glorioso y reinvindicador “un dos tres por mi y todos mis compañeros”, no pudo salvarlo, no se reiniciaría el juego, ese día sin saberlo, sin haberse planteado en el círculo de reglas por jugar, a él nadie le explicó nada, y así de improvisto, como en un juego a Gerardo lo encontró el mejor de los buscadores, el único del que no nos podemos ocultar, ese frente al seco, inmóvil y acartonado cadáver de su padre, vio cara a cara lo que significaba la muerte.
