26

Entro a la guagua, muerta de frío. Paso la tarjeta por el sensor y me dispongo a buscar un sitio en el que poder sentarme. No me resulta difícil, ya que va casi vacía.

Me siento en la última fila, la que tiene los asientos más altos. Me duele la espalda, tengo que mejorar mi postura.

Observo a los pasajeros. Me pregunto que hacen en su día a día. De dónde vienen y a donde van. Los envidio, o quizás no. Pero me gustaría no ser yo por un momento.

Me gustaría mirar por la ventana y observar el movimiento de la ciudad, y nada más, sin que el reflejo de unos ojos tristes y cansados me hicieran preguntas que ni siquiera puedo formular.

En mi cara veo la desilusión y el desconcierto. Y no me reconozco. No puede ser que esa chica que veo sea yo.

“¿Que te esperabas, idiota?”

Aparto la cara y rebusco en mi bolso. Por fin, encuentro los auriculares, en el fondo, como siempre. Los desenredo y conecto a mi móvil, quizás algo de música me despeje la mente.

Mala idea.

Cada noche lo mismo. Da igual que línea coja, porque de vuelta a casa todas me llevan por los mismos sitios.

Por los mismos pensamientos.

Por la misma miseria.

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