A Marte.
Es de noche y, en el coche, la música suena a todo volumen.
Sentada en el asiento trasero, suspiro
Todos duermen excepto yo.
Un escalofrío me recorre. Mis manos, mis dedos, quieren estirarse hacia tí, asegurarse de que estás ahí.
En silencio, observo tus movimientos.
Veo tus manos, como si nunca las hubiera visto antes, como si fueran lo mejor que he visto en mi vida.
Las sigo atentamente, mientras se mueven por tu pelo rizado, que juguetea con las luces y sombras que se cuelan por la ventana.
Y la música sigue sonando.
No recuerdo en qué momento, o por qué, pero de repente te das la vuelta, comprobando que todos duermen, menos yo.
La música desaparece.
Y de repente, sacas tu móvil, dispuesto a inmortalizar el momento.
Yo, avergonzada, me apresuro a cubrirme la cara con las manos: debo estar horrible, es tarde y estoy muy cansada.
Pero tu no te rindes.
Y yo sí.
Te observo, seria, en lo que me parece una eternidad y un segundo al mismo tiempo.
Y, como tú, te guardo en mi mente, registrando cada detalle, minuciosa.
Como si mi cerebro supiera desde ya que debe recordar este momento.
Observo tu cara, ahora de concentración, y veo cómo se tiñe con los colores de las luces que dejamos atrás, que bailan y se deslizan por tu piel, con calma, como si no tuvieran nada mejor que hacer que compartir ese momento con nosotros.
Y, de repente la música que sonaba tan lejana, cobra vida en mis oídos. Parece que hablara de nosotros, como si anunciara lo que ha de venir.
Rápidamente, te das la vuelta, y yo, mientras, absorbo cada palabra.
Y no se por qué, pero busco tu rostro en el espejo retrovisor.
Sonrío y cierro los ojos.
Ni siquiera sé que pasa.
Solo sé que, sea lo que sea, no quiero que se acabe.
