(Foto: L Felipe Alarcón)

Olivier Rolin, Tigre de papel (fragmento)

… entonces: después de ese vestíbulo hay una puerta abierta en la que se inscribe, en diagonal, la mitad de una cama sobre la cual se alcanzan a ver las piernas desnudas de Chloé, pero no el resto del cuerpo. Y esas piernas se mueven. Decir que se mueven es poco: se anudan, se desanudan, se deslizan, una contra la otra se frotan. Por tonto que seas, no se te escapa que es a ti a quien le hablan esas piernas. Demasiado sinceras, incluso. Pero a ti te aterra lo que dicen. No hablan la lengua presuntuosa de las «reu» ni esa con la que elaboras tu panfleto. Encuentras que esas piernas no tienen que mezclarse con la política. Obviamente no piensas eso en realidad: en el fondo tembloroso y verídico de ti mismo, piensas sobre todo que los cuerpos, y más particularmente los que deseas, y más particularmente lo que en ellos es como la firma de su extrañeza, son unos puros volúmenes de horror. Y te horroriza comprender (bueno, adivinar) que si a esa cosa que se balbucea en el fondo de ti la niegas, la disfrazas invocando la “prioridad de la política”, por ejemplo, de este panfleto que estás escribiendo o haciendo como que escribes interminablemente para disimular tu miedo, entonces estás cada vez más cerca de que el discurso al que tu vida se aferra, se ata como a los hilos de una espaldera, pueda no ser más que una pesada superchería. En el fondo, crees comprenderlo, es eso lo que más te importa, también lo que más te horroriza: el lugar alrededor del cual se mueven y significan las piernas de Chloé, y que la mampara no te deja ver. No le tienes miedo ni a que te rompan la cabeza ni a estar preso, pero le tienes miedo al sexo de Chloé. Esa es la verdad. Y adivinar esa verdad es algo que a su vez te aterra. ¿Todas las junglas de la «zona de tormentas», todo el Oriente rojo estarían ahí?, ¿en esa carne en V como Vietnam (que, ahora que lo piensas, se parece al pliegue curvo de las páginas de un libro)? La Llanura de los juncos, el delta del río Mekong, la pista Hô Chi Minh, los montes Tsingkang, ¿serían solo eso para ti? ¿Y si tu supuesta valentía no fuera más que la disimulación de ese enorme y ridículo temblor? Te vuelves a sumergir en la redacción de tu panfleto. «Por cada ojo, los dos. Por cada diente, todo el hocico» fórmula un tantito vulgar, pero histórica y eficaz. Se ha probado. Adelante. Te encantaría pasar toda la noche en este panfleto.