Utopía skater

“Parar cerca de casa es lo mejor, ni la gorra hincha las bolas”. Martín tiene los ojos rojos y hace un rato está sentado viendo patinar a sus compañeros. Flexiona las rodillas a la altura del pecho y por debajo ubica su skate; está tranquilo, la brisa de la noche en las riberas berissenses sirve para calmar el cuelgue después de varias horas de patinaje y faso.

La pista de skate de Berisso, ubicada a algunos metros de la Rotonda Favaloro, donde termina el asfalto de la Avenida Génova, es la única en su tipo en la ciudad y de las pocas que hay en la región. Fue inaugurada hace menos de 3 años, al tiempo que todo el cordón industrial berissense se veía renovado por inversiones nacionales de todo tipo: el polo tecnológico Y-TEC, elevación y ampliación de la Avenida 60, nuevo camino al puerto –sólo destinado a camiones-, terminal de contenedores, remodelación total del Puerto La Plata, terraplén costero, puesta en valor de la banderoteca de las colectividades –a 200 metros de la pista- y ampliación de las Avenidas Génova y Río de Janeiro.

Todo ésto contribuyó a que decenas de jóvenes que antes pasaban sus horas de descanso en La Plata hoy lo puedan hacer en su propia ciudad: “Antes íbamos al Teatro o a Circunvalación, pero es un re-viaje y está siempre lleno de gente” cuenta Martín sobre su rutina antes de la existencia de la pista, cuando la Génova y la Río de Janeiro sólo eran los sinuosos caminos hacia La Plata. “Ahora estoy acá, cerca de casa y de Raíces”, se ríe al mencionar al único bar under de la ciudad, ubicado en las primeras cuadras de la Avenida Nueva York, cerca del viejo frigorífico Armour. Allí transcurre sus noches de fines de semana: “tiran música piola y cada tanto van bandas de acá”, dice sobre el bar que nació el mismo año que la pista, estrenando “Cipriano”, la película que narra el 17 de Octubre desde Berisso, declarado Kilómetro Cero del Peronismo.

Tiene una gorra con visera plana y la capucha de su campera cubriéndole la cabeza. De una de sus zapatillas, anchas y con los cordones verdes desatados, saca un encendedor y re-enciende el faso que hace un rato se le apagó. Son casi las diez de la noche pero eso no le preocupa: “acá no te jode tanto la gorra como en La Plata, hasta se puede fumar tranquilo”, aclara y sonríe.

Mientras larga el humo mira a sus compañeros: uno tropieza haciendo un movimiento fácil y genera risas en el resto, que parecen no percatarse ni del horario ni de la entrevista. Son casi diez jóvenes de entre 18 y 25 años disfrutando de la amplia instalación: las rampas, las vallas de un metro de altura y la luminaria hacen de la pista un espacio ideal para la práctica de éstos jóvenes amantes de los saltos, la velocidad y los giros. Los detalles de la pista son rojos y en las pequeñas paredes de las rampas y las elevaciones hay grafitis de todos los colores. “Algunos vienen y pintan, después cae Control Urbano y deja todo rojo de nuevo, perfecto para venir a grafitear otra vez”, Martín menciona ésto como si fuera posible, como si Control Urbano sólo se dedicara a preparar los lienzos para el arte urbano; algo que no parece tan ilógico en esta pequeña utopía skater.

En estos casi tres años la pista se volvió una referencia importante en la geografía municipal; no sólo es un espacio para la práctica deportiva juvenil, sino que, a partir del mediodía, desde los micros de la línea 202 que transitan la zona, se puede ver a familias con niños o ancianos pasear y detenerse a tomar unos mates. El césped se mantiene prolijo todo el tiempo y el canal que se ubica a unos metros de la pista -separando las dos avenidas- le provoca una particular frescura al aire del lugar. Los 1500mts2 de la estructura de cemento revitalizan un territorio que por su verde, su clima y su ubicación resultaba ilógico desparovechar: “antes acá no había nada, hasta venir a esta parada de micro era un bajón”, cuenta Martín mientras señala la garita que se ubica en la vereda.

Un micro pasa a toda velocidad y el ruido hace lo hace percatar del horario y de la necesidad de volver a casa. “Mañana entro al laburo a las diez”, se entristece Martín mientras le da la última seca a su porro y lo arroja al pasto. Es casi medianoche y el grupo de jóvenes se empieza a reducir: “el Chiqui se vuelve conmigo, vivimos a diez cuadras, es mi vecino de toda la vida” dice señalando a uno de los jóvenes que con el skate debajo el brazo se le acerca lentamente. La estética se repite: gorra con visera plana, campera con capucha y zapatillas anchas, “hace casi 10 años que patinamos juntos, tenemos 24 y nos seguimos viendo todos los días”, dice estirando su mano hacia el Chiqui para que lo ayude a levantarse.

Martín y el Chiqui se despiden del resto y comienzan su viaje por la Avenida Génova. No viven muy lejos, pero el cansancio hace parecer al camino mucho más largo. Igualmente, caminarán sólo algunos metros hasta que alguno de los dos arroje el desafío, “dale, corramos” y la noche termine de la única manera posible: a velocidad, sobre las ruedas.

Por: Santucho Ré, Nazareno