Cuando lloras sin razón
La última vez que lloré fue ayer.
No sabía porqué lloraba, y no fue de esas veces que respondes “no sé” cuando el cansancio físico o emocional es demasiado como para explicarle a alguien más eso que tú entiendes en un nivel puramente abstracto.
Había tenido un buen día: cumplir una cita de esas que no son tuyas pero las asumes así por tener pareja, comer cheetos en el metro camino a comprar un nuevo juego de mesa, pedir pizza para comer mientras veíamos High school musical. Todo bien, pues.

Y de pronto, here comes the pain again.
Me encontraba llorando lo más quedo que podía para no alarmar a mi novio: ¿a quién le parece normal que su pareja llore enmedio de la canción final de High school musical, cuando Troy y Gabriella por fin superaron sus ataduras sociales para perseguir el sueño de estar juntos y cantar? En algún momento mi novio me hizo la pregunta, y no me refiero a pedirme que nos casáramos sino ¿por qué lloras?
Le contesté que no sabía, esa era la verdad. Pero claro que nuestra tendencia natural a buscar explicaciones de las cosas dice que no saber, es una opción inválida. Y entonces retomé una explicación bastante lógica para mi estatus de foránea: extrañaba a mi familia y eso me ponía triste. Es cierto, cada día extraño a mi mamá con su sonrisa amplia, a mi hermano y su pasión por lo que le interesa, a mis abuelitos y el cariño que me cubre en cuanto me miran. Pero no lloraba por eso.
Ese llanto se parecía un poco a mis tiempos de estudiante, cuando se me hacía tarde y no desayunaba; también se parecía a los jueves por la tarde cuando iba al gimnasio después de un día de borrachera y mi boca estaba tan seca que parecía de arena; o a cuando tuve esa temporada de insomnio por la que dormía unas 15 horas a la semana.
A veces la tristeza no viene del corazón -o del cerebro, según te acomode el positivismo científico-, no siempre se trata de una reacción emocional a un suceso. A veces la tristeza, al menos en su acepción lejana al padecimiento crónico y/o clínico, es un botón de pánico que aprieta nuestro cuerpo cuando siente la deficiencia de alguna necesidad básica. De eso me acordé al tratar de darle una respuesta a mi novio, que sabía tanto como yo de la razón de mi llanto.

Recordé que había tomado apenas un litro de agua en todo el día -mi medida diaria normal es de, más o menos, 4 litros-, el día anterior había visto a mis amigas por la noche y había dormido apenas cinco horas. ¿El cansancio y la deshidratación eran tristeza? Mejor dicho, era descuido personal que había desembocado en otra cosa.
No siempre es tristeza, hay gente que está irritable si no come o si duerme poco, en mi caso es diferente. Y no trato de demeritar otras tristezas más profundas o crónicas, sino de explicar que esos sentimientos que parecen venir de la nada, quizá sean un recordatorio de darle lo necesario a la máquina que es nuestro cuerpo para funcionar bien.
Así que la próxima vez que llegue de la nada la tristeza o el enojo, quizá sería bueno tomar una botella de agua, preparar la comida o tomar una siesta.
Este pequeño escrito tiene una dedicatoria especial a mi novio, por tratar de formas tan bonitas de entender mi tristeza, incluso cuando yo misma no la entiendo.
