Ancla y corazón

— ¡Es mío!
 — ¡No! ¡Es mío!
 — Yo lo encontré primero.
 — Pero yo lo lamí.
 — Pues yo lo mordí.
 — Pues… ¡Es mío!
 — Le diré a papá.
 — Y yo le diré a mamá.

El mayordomo tragó saliva. No era inusual ver a los jóvenes amos de la finca pelear. Cualquiera hubiera pensado que al ser mellizos se llevarían bien, pero la realidad no era esa. La realidad es que todo el día discutían, peleaban y causaban conmoción. El mayordomo no sabía que sería de la casa una vez que ellos se fueran, peor, no sabía que sería del mundo cuando la ira de ambos señoritos quedará desatada en el mundo.

— ¡ES MÍO! — gritó exasperada la mayor — . ¡Papá! — chilló con fuerza.
 — ¿Qué sucede cariño? — cuestionó el padre de ambos sin bajar el periódico que leía de lo más cómodo sentado en la silla de herrería de jardín.
 — ¡Kidda no me lo quiere dar y yo lo encontré primero! — gimió apretando los dientes como un perro furioso.
 — ¡Es mentira! ¡Es mentira! ¡Kidah está mintiendo!
 — Bueno, pártanlo a la mitad y que cada quien se quede con una parte.

Los gemelos se miraron entre sí con una sonrisa torcida.

— Pero señor — repuso el mayordomo.
 — ¿Sí? — el padre por fin bajó el periódico y parpadeó confundido al ver como sus gemelos tenían a un pobre hombre de preciosos ojos polares amordazado y tirado en el pasto.

El hombre miraba con suplica al padre de los adolescentes que lo jalaban de la ropa.

—Entonces… ¿Tú te quedas con la parte de arriba y yo la de abajo, o cómo? —preguntó la mayor. el menor puso los ojos en blanco fastidiado.
 — Yo quiero sus ojos — gruñó.
 — Bueno, tiene dos… tú te quedas con uno y yo con el otro…

— ¿Exactamente de dónde sacaron al señor?

— Larga historia — respondieron al unisono los gemelos.