Ella no lo sabe.

— (…)el equipo Alpha entrará por detrás y… — las palabras de quien explicaba se perdían como eco en sus oídos aturdidos. Ella limpiaba sus labios con mucho cuidado. Miraba el paño cada vez que ejercía presión sobre las heridas hechas por furiosos labios durante un salvaje acto sexual.
Uno de los integrantes de la misión era hemofóbico, el resto no lo sabía pero ella sí. No quería incomodarlo. Por eso aunque le dolía, limpiaba la sangre con cuidado y prontitud. Por alguna razón él siempre la miraba. Sus ojos claros siempre estaban sobre ella. Por eso aunque le dolía tenía que quedar sin rastro del desagradable líquido.
— (…) se pueden retirar — ordenó el orador y los miembros de la corporación involucradas en el atraco se incorporó para ir a sus puestos y prepararse para el gran golpe. Ella había cumplido con su parte acostándose con alguien para extraer información. Ella había cumplido con su parte. Ella había cumplido.
Flexionó su cuerpo hacia el frente y cogió con ambas manos sus sienes. Le latían. El cuerpo lo sentía muy mancillado y el efecto de las drogas ya menguaba. Tendría que arrastrarse hasta su apartamento. No la iban a necesitar más. Su cuerpo ya había sido necesitado. Ella necesitaba quitarse la sangre. Uno de los miembros era hemofóbico. No quería que se sintiera incomodo. Él siempre la veía con sus ojos claros. Eran polares. Ella lo sabía porque lo había visto, lo había espiado varias veces. Él era el Diablo.
— Muerte.
Jadeó y alzó la cabeza de golpe asustada por la repentina interrupción de la vorágine de pensamientos en la que estaba sumergida. Pasó saliva por su garganta y los ojos negros se clavaron en los de él. Eran polares. Claros ojos sus con veía la siempre él.
— ¿Sí? — disimuladamente cubrió su boca. Desvió la mirada y se incorporó recogiendo sus armas para guardarlas en sus fornituras. Pero las piernas le temblaron y sostuvo su peso, pero no sólo ella. Él la sostenía con cuidado del brazo. Con la mano libre el hombre acunó con delicadeza el rostro mancillado. Acarició los labios heridos y frunció el ceño.
— Yo me haré cargo.
— ¿Qué?
Ella no lo sabe, pero él está prendado de sus ojos negros. Sus ojos claros siempre buscan los ojos negros cuando los ojos negros parecen sumidos en su propio mundo. Él odia el carmín, pero el negro le gusta.
Él se hará cargo.