Mamá, tengo algo que decirte

Aunque “abandonar el nido” puede ser un momento difícil para nosotros, con el tiempo nos damos cuenta que no estamos tan solos como creíamos, pues llevamos con nosotros algo muy especial: los consejos de mamá.

“¡Feliz día, viejita!”, es la primera frase que cruza por mi cabeza cuando pienso cómo sorprenderte en este día. Pero sé que no es suficiente porque, a pesar de que ya no vivamos juntos, me sigues ayudando mucho.

Debo confesar que la idea de volver a casa invadió mi cabeza en muchas ocasiones, durante todo este tiempo viviendo solo. Pero fueron tus consejos los que me ayudaron a aguantar esos momentos de incertidumbre.

¡Cómo olvidar tu popular frase de todas las mañanas: “toma desayuno o te vas enfermar”! Sí que tenías razón. Para mi mala suerte, lo comprobé en persona y esa lección me costó caro, literalmente hablando.

Tú y mi viejito siempre me reñían cuando salía del cuarto, del baño, de la sala o de donde sea que estuviese, y dejaba la luz prendida. Era incómodo, pero debo decirlo: ¡cuánta razón tenían de molestarse! No tenía idea que hasta los cargadores enchufados y sin usar podrían gastar corriente. Ahora desconecto y apago todo lo que puedo. Todo menos la refrigeradora porque…

“Comprar en la calle sale más rápido, pero más caro”. Sí viejita, ya lo comprendí. Pero me costó… me costó… Las primeras semanas aquí no me daba el tiempo para cocinar, así que comía en la calle. Pensaba que la diferencia de costos entre conseguir los ingredientes y comprar mi menú era mínima o hasta imperceptible. De hecho, al inicio parecía que era así… pero, a la larga, mi bolsillo no pudo más.

Empecé a hacer mercado. Al inicio lo compraba todo en el súper, pero no siempre salía a cuenta. Así que recordé lo que siempre le decías a mi viejito: “hay que saber aprovechar las ofertas, viejo”. Sabias palabras.

No sabía que el mundo de la cocina era tan interesante. Hay que ser un verdadero estratega: si compras de más, se malogra; si compras poco, se acaba rápido y puede que más adelante no tengas el dinero suficiente como para comprar más. Hay que ser casi casi un visionario para hacer lo justo y necesario, sin dejar de tener siempre provisiones. ¡Qué chamba, viejita!

Y ahora viene la mejor parte: ¡la lavandería!

Allí sí tuve un poco más de suerte porque recordé — a tiempo — que siempre nos decías: “la ropa de color va con la ropa de color, ¡no con blancos! ¿O es que te crees artista? Avísame para no gastar mi detergente”.

Con lo que sí tuve inconvenientes fue con el momento del secado. Mi proactividad me llevó a lavar de más sin tener dónde colgar la ropa. Por eso, ahora hago lo último que me dijiste: “lava solo lo que vayas a usar”. Felizmente tengo la lavadora. Ha sido el mejor regalo de cumpleaños que he podido recibir (y no es broma).

Creo que mi carta se ha extendido mucho, pero quería que sepas cuanto me has ayudado todo este tiempo. Tú me preparaste para este momento de independencia y por eso me he podido mantener solo.

En unos minutos te daré esta carta junto a un gran abrazo. Y aunque pude decirte todo esto en persona, quiero que puedas recordar mis palabras cada vez que sientas tristeza o algo similar: gracias por tus sabios consejos, viejita.

Ahora, terminaré de alistarme e iré a tu casa. Sí, no te preocupes, viejita, le echaré doble llave a la puerta y cerraré bien las cortinas. Felizmente, eso lo aprendí de ti desde pequeño.

¡Feliz día, mamá!

Con amor,

Tu hijo.