Ana S.
Ana S.
Jul 27, 2017 · 4 min read

Hacía una semana que quería hablar sobre esto, pero no sabía cómo. Quizá todavía no sé cómo, pero escribir es una forma muy efectiva de catarsis emocional, un purgante para el alma que no falla cuando otras cosas sí.

Hace una semana me enteré por un grupo de WhatsApp donde estamos las madres del grupo de las clases pre-parto que una de las niñas del grupo ha muerto. Tiene exactamente un mes más que Laura. Querría escribirlo con algún eufemismo, querría no tener que escribir algo tan duro de forma tan directa, pero realmente no se me ocurre cómo hacerlo, y en realidad, las expresiones blandas como “ha pasado a mejor vida” o “hay un ángel más en el cielo” me parecen hipócritas y no reflejan en absoluto el mazazo emocional que supone escuchar este tipo de noticias, y ni qué decir tiene que aún menos el de padecerlas en propias carnes, algo que no quiero ni pensar.

Eran las 8.40 de la mañana, Laura estaba en la guardería desde hacía media hora. Cuando leí las palabras escritas en la pantalla, miré por la ventana y mi primer instinto fue ir a sacar a Laura de la guardería y traerla conmigo a casa, tal vez pasar el día abrazadas (o al menos, los ratos que ella me dejara tenerla así, que cada vez son menos). El mero terror de pensar que algo así pudiera sucedernos me hacía ahogarme con la agonía de que cada minuto sin mi hija era un minuto perdido.

Afortunadamente, no soy una mujer que se guíe habitualmente por sus primeros instintos e impulsos. Me detuve unos minutos y miré a mi alrededor. Del baúl de juguetes de Laura asomaban un par de peluches, y muchos otros juguetes estaban esparcidos por la alfombra del salón, una alfombra de motivos infantiles y coloridos. Encima de la mesa un biberón vacío reclamaba una limpieza, y aquí y allá se apreciaban signos de una vida infantil, ajena al complicado mundo de los adultos: imanes metidos en las tazas de café que están debajo de la cafetera, chupetes escondidos aquí y allá…

“Cómo ha cambiado mi vida”, pensé. Es algo que te dicen mucho en cuanto saben que estás embarazada, es algo que tú misma piensas con frecuencia desde antes de que nazca la criatura, pero es algo que en pocas ocasiones puedes apreciar en toda su magnitud. Ésta fue una de esas ocasiones. Por un momento, con todos estos indicios de vida infantil a mi alrededor, me imaginé cómo debía ser para esos padres llegar a una casa donde cuarenta y ocho horas antes, una niña viva había correteado, investigado y, en definitiva, vivido.

Pude vislumbrar con ese pensamiento algo ligeramente parecido a lo que debe ser el borde del inmenso abismo del dolor. No he pasado por lo mismo, no puedo sentir nada ni lo más remotamente parecido, a pesar de que lo intente. Lo que sí se apoderó de mi rápidamente fue una sensación de culpa gigantesca.

Hacía un par de días me había quejado porque la niña todavía no dormía toda la noche completa. El día anterior me quejaba de la cantidad de juguetes que había que recoger cada día porque el mapache se dedica a sacarlos todos del baúl para meterse ella dentro y usar el baúl como sillón de ver la televisión. Todas esas quejas volvieron a mi cabeza con un desagradable retintín, el retintín de quien no sabe apreciar todo lo bueno que tiene en su vida.

Porque es verdad que quizá no duermo tantas horas como querría. Es verdad que parece que ahora la casa nunca está enteramente ordenada, sólo dura en orden unos minutos. También es cierto que no tengo todo el tiempo libre que tenía antes, con el que podía hacer exactamente lo que me diera la gana. Y por supuesto, hace una eternidad que no tenemos un viaje de verdad, largo, dedicado exclusivamente a vivir experiencias nuevas, sin preocupaciones de cuantas mudas de ropa llevamos encima, o cuantos pañales, o si hemos cogido suficientes chupetes.

Pero si mañana, por lo que fuera, Laura desapareciera, yo simplemente no podría funcionar. Para mí ya no es posible la vida sin ella, y no se trata de ese desaforado impulso biológico que tienes los primeros meses de existencia del bebé, ese sentimiento de que tienes que mantenerle con vida pase lo que pase y a cualquier precio. No. Es algo más.

Para los que no lo sabéis, un niño de 15 ó 16 meses, en general, ya anda. Además de eso, reconoce perfectamente a su madre y a su padre, no a nivel básico y fisiológico, sino a un nivel más profundo. Prefiere y desea estar con ellos antes que estar con otros adultos. Levanta los brazos para que le cojas , porque quiere tenerte cerca. Si se cae, va a mirar primero en tu dirección y si algo le duele, sólo tus brazos le pueden consolar del malestar físico. También tiene una canción favorita, y un juego y un juguete favoritos. Quizá prefiera que le leas cuentos y te traiga libros al regazo, y te mire con ojos grandes e interrogantes. Saluda a tu perra cuando entra por la puerta de casa contigo. Se despide de ti diciendo adiós con la mano en la puerta de la clase de la guardería.

Laura hace todas esas cosas. Y si ella dejara de existir, todas esas acciones dejarían de tener lugar. Todas esas acciones que ya no suceden dejan un vacío inescrutable. Quizá eso es lo que sientan esos padres que han perdido a su hija. Un vacío vital imposible de explicar, imposible de llenar.

Finalmente, Laura volvió a casa a la misma hora que todos los días, aunque ese día se llevó un par de abrazos extra. No tiene sentido que no deje a mi hija vivir tranquilamente su vida por sentimientos que no puede comprender. No tiene sentido que cargue sobre sus pequeños hombros mis miedos y preocupaciones.

Lo que sí tiene sentido es que, a partir de aquel día, me cuesta bastante menos convivir con el desorden y con los cambios que ha sufrido mi vida a raíz de la llegada de Laura. En medio de todo este desorden, de las caídas, de los llantos, de las noches en vela, es donde está mi verdadera paz.

    Ana S.

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    Ana S.

    Libros. Literatura. Maternidad. Cocina. Cajón desastre, en resumidas cuentas.