El dedo de Jara

Que somos los más alegres, los mejores bailarines, los mejores amantes, las mujeres más sexies, los machos más machos. Que venir a América Latina es una aventura, es adrenalina, es romance y placer…es un viaje al exótico subdesarrollo. No me mal entiendan, me siento orgullosa de mis raíces, de donde vengo, de mis padres, mi hermano y mis valores, pero me da vergüenza saber que pertenezco a una raza donde el engaño, el egoísmo, la deshonestidad y la traición es algo normal, o más bien atributos que le damos al “vivo”, al “inteligente” al que “puede, puede”.

No soy muy fanática del fútbol, pero cuando llega la Copa América y el Mundial sale la gradería sol en mí. Y hago referencia al fútbol, porque el cómo lo jugamos es una muestra de nuestra ideología, esa ideología que no nos dejará llegar jamás al desarrollo. Varios partidos de la Copa estuvieron marcados por detallitos sucios y de mala fe: el dedo en el culo, la patada en la espalda, el balonazo despiadado, muchos jugadores fueron expulsados y suspendidos por actos sucios y tramposos, y es que así es el día a día latinoamericano, no esperemos ver algo diferente en la cancha. La serruchada de piso, la hipocresía, la puñalada trapera y el egoísmo reinan las calles de mi querida Costa Rica y las de los demás países de América Latina.

El dedo de Jara en el culo de Cavani no es más que una analogía, Jara es toda aquella gente que se cree más “viva” porque roba, más inteligente porque para verse bien hacen ver mal al otro, porque toman ventaja del caído, porque violan las leyes sin consecuencias, porque hacen sus fechorías sin nunca ser castigados. Cavani son todos los demás, los que pasan por tontos, porque a pesar de no haber sido los ladrones, los cobardes o los mojigatos son a los que esta sociedad castiga, todo para que el equipo de Jara termine ganando el juego. ¿Qué nos enseña esta sociedad en la que vivimos?, ¿qué le enseñamos a nuestros niños? Que para sobrevivir en esta sociedad hay que ser “vivo”: hay que robar, hay que empujar, hay que mentir, hay que esperar que alguien caiga para quitarle lo que tiene y si queda tiempo… patearlo en el suelo, hay que hacer lo que sea, porque vivimos en una jungla y aquí sobrevive el más fuerte.

En esta sociedad, la costarricense al menos, lo que importa es ser mejor que el otro a como dé lugar, una competitividad individualista, no de equipo, ni de país, que lejos de llevarnos a ser mejores cada día, nos lleva al estancamiento en el que estamos hoy. Que si alguien tiene talento “no es tan bueno”, que si alguien tiene una buena idea “no va a funcionar”, que si alguien hace algo diferente “así no se hace”, que si alguien es más agraciado “no es tan bonito”… y todo esto es porque nuestras inseguridades nos matan, porque hemos crecido pensando que sin trampa no se puede ganar, que alguien no puede ganar siendo limpio y justo, porque eso simplemente no existe, porque no lo conocemos. Lo triste es que sí existe. Alemania, además de ser la mayor potencia económica europea, se encuentra en el puesto 16 (de 162) en nivel de paz, 18 puestos por encima de Costa Rica (país sin ejército y cuyo mayor enfrentamiento armado se terminó con una antorcha #chasgracias). Alemania también tiene el mejor equipo de fútbol del mundo, un deporte en donde han sido catalogados y premiados como los jugadores más honestos, son los que menos faltas hacen en los partidos y al parecer los más disciplinados. Hace poco leí un artículo que hablaba de un jugador alemán que le confesó al árbitro que su gol no debía contar porque lo había metido con la mano… ¿qué le hubiera pasado a Maradona si hubiera confesado, en el instante, que la mano de Dios lo ayudó? Porque en América Latina lo que cuenta es ganar, no cómo se gana.

Y aceptémoslo, el subdesarrollo seguirá siendo nuestro hogar hasta que en cada uno de nosotros exista algo de decencia y honor (honor: dícese de la cualidad moral que lleva al cumplimiento de los propios deberes respecto del prójimo y de uno mismo, por aquello que no lo sepamos bien). Les pedimos a los políticos de nuestros países que no roben, pero si nos encontramos un producto en el supermercado que está mal marcado y nos beneficia, le robamos al súper esos pesitos; les pedimos a los políticos que tomen decisiones que beneficien a la mayoría, “al pueblo”, pero en el trabajo estamos esperando que despidan a alguien para tomar su puesto; les pedimos a los políticos que no pongan trabas en los proyectos y que dejen trabajar para ver si por fin podemos tener mejores carreteras, un tren decente, transporte público que realmente alivie las presas, pero cuando trabajamos en equipo en las oficinas no hacemos más que ponerles peros al trabajo de otros, más cuando son innovadores, todo porque no fue nuestra idea. Les pedimos a los políticos y los gobiernos que se comporten como nosotros pensamos que es correcto, pero entre el dicho y el hecho nos quedamos porque… que pereza hacer lo correcto (lo correcto: dícese de algo confuso que cada día se diluye más entre lo que me conviene y lo ideal).

Hasta que logremos entender que cada uno de nosotros tiene una responsabilidad en este país, hasta que logremos ver objetivos como país, como comunidad, como equipo, hasta que logremos distinguir el bueno del vivo, y hasta que respetemos y celebremos más al bueno que al vivo, hasta entonces seguiremos metiéndonos el dedito en el culito unos a otros, y como siempre y como todos los días, al final de cada jornada terminaremos todos con esa sensación de que alguien nos está cogiendo, y no podremos apuntar al culpable, porque todos lo estamos haciendo.

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