El peligro de ser la base de la sociedad

La violación de una niña de trece años ha despertado nuevamente el debate adormecido sobre el aborto. En nuestro pedacito de tierra Centroamericana, la única manera que es legal realizar un aborto es si la vida de la madre corre peligro. Para muchos, el que una niña de solamente trece años de edad haya sido violada por su padre y esté embarazada de éste, no es razón suficiente para abortar. ¿Por qué? Porque en nuestro país el cuerpo de la mujer, no le pertenece a la mujer; le pertenece a la sociedad, a la iglesia, al Estado, al feto y a los hombres. Mejor dicho, a todos menos a la mujer.

Un peldaño importante hacia la igualdad de género es empezar por erradicar la frase “la mujer es la base de la sociedad”. Veámoslo con lógica, la sociedad está compuesta por seres humanos, desde el punto de vista biológico: hombres y mujeres, por lo tanto, ambos somos la base de la sociedad. Decir que la base de la sociedad es solamente la mujer trae consigo una interpretación dañina y muy peligrosa. Mientras que a nosotras nos exigen los más rígidos y absurdos estándares de comportamiento, por otro lado, se asume que el hombre es una bestia irracional que no tiene la capacidad evolutiva de comportarse sin la guía de una mujer (cosa que debería ofender profundamente a ambos sexos). Es así como la mujer pasa a ser propiedad de la sociedad para asegurar que “la moral y las buenas costumbres” no se pierdan, en un mundo donde el hombre tiene permitido perder la cabeza cuando quiera, con quien quiera.

Para ciertos sectores, una mujer que aborta está incumpliendo su deber más importante, o al menos el deber más importante que le ha sido otorgado por la iglesia (principalmente). La mujer que aborta no es más que una aberración, porque para la sociedad todas las mujeres debemos querer ser madres, porque solamente nos sentiremos completas a través del parto y el cuidado de otros seres. Esa misma sociedad que resalta al instinto materno de la mujer como su característica más valiosa, excusa el instinto depredador del hombre, su violencia y agresividad. Mientras un lado es liberado y justificado a través de su bestialidad y su fuerza bruta, el otro es oprimido y encarcelado para dar un balance ficticio a una sociedad injusta y retrograda.

En este país, debemos de sacrificar nuestros cuerpos, nuestras vidas y nuestra salud mental “por el bien de la sociedad”, porque ¡Dios nos libre! de ofender la moral de los hombres que no pueden parir y de las madres que sí quisieron hacerlo. Porque si nos dejan ser dueñas de nuestro cuerpo y de nuestras vidas, estaremos fuera de control, la sociedad colapsaría, las bestias tomarían el mundo y Sodoma y Gomorra se desataría. Viéndolo desde un punto de vista simplista: ese ente ambiguo (no es ser humano, pero está vivo) que se ha hospedado en nuestro útero es más importante que nuestra vida, que la vida de seres humanos que respiran, que sienten, que aprenden y crecen fuera del útero (quizás hace trece años o más).

La sociedad patriarcal en la que vivimos y de la cual todos (hombres y mujeres) formamos parte y alimentamos, nos enseña que: nos violan y acosan porque no nos comportamos como deberíamos, porque usamos ropa reveladora, porque tentamos al hombre, porque no nos cuidamos de las bestias que nos rodean. Debemos de taparnos, cerrar las piernas, sonreír, ser dulces y comprensivas, arrepentidas de ser putas, perras y brujas. Debemos de evitar las calles oscuras y asumir la responsabilidad de toda una sociedad que también está compuesta por hombres.

Si en lugar de justificar la violencia del hombre, a través de la deshumanización de la mujer, le exigimos al hombre que controle sus “instintos”, que sea responsable de sus acciones, que tenga poder sobre su cuerpo, entonces también debemos permitir a la mujer que sea dueña de su cuerpo y de su vida. Ambos deben gozar del derecho y el deber de controlar su cuerpo y lo que pasa en él. Si dejamos de definir al hombre como la bestia sin control y a la mujer como la incubadora de la sociedad y empezamos a definirlos como individuos capaces de convivir en sociedad, en libertad y con responsabilidad, quizás lleguemos a un lugar más parecido a la igualdad.

Si no hacemos algo hoy, si no hablamos sobre la desigualdad, la injusticia y la represión de nuestros cuerpos femeninos, una niña de trece años será obligada o convencida a tener un hijo que no que quiere, un hijo que fue producto de una violación. Su cuerpo, aún sin desarrollarse por completo, será obligado a hospedar a un ser invasor que fue colocado ahí por su padre, un hombre violento, pervertido y enfermo. Una niña de trece años crecerá siendo la madre de su hermano y cada vez que ese niño la vea a la cara y la llame mamá, tendrá que recordar que su padre es una bestia irracional y que ella es la base de la sociedad.