Señor Peña, usted y su equipo se equivocaron. Acéptenlo (y dejen seguir)

Para cambiar las cosas necesitamos aceptar que algo no funciona. Y, la verdad, muchas cosas no funcionan en este país, en este México que ya no tiene a dónde voltear. Eso lo sabemos muchos ciudadanos, algo no funciona y nos afecta (llámese igualdad, seguridad, economía, confianza, educación). Pero usted, señor presidente, y su equipo parecen negarse una y otra vez, a aceptarlo. Ustedes y nosotros no sólo vivimos en un país distinto, sino en un planeta diferente.

Desde el asiento donde me toca observar como ciudadana, lo que veo es un grupo sumido en un estado de negación inexorable que nos abandona a nuestra suerte a todos los que necesitamos que algo mejore –o deje de empeorar. Nos damos cuenta que estamos solos en esto. Y con “esto” me refiero a todo eso a lo que le urge atención real, planificación, sensibilidad y humanidad, a eso que no encaja en los discursos, eso que minimizan en cada declaración, eso que no cabe en la brevísima lista de “buenas noticias”, eso a lo que le sobran promesas y números inflados y mal contados.

Si tan sólo aceptara (o hubiera aceptado) que hay muchas cosas que no están bien podríamos, entonces, poner manos a la obra y hacer una evaluación, ver qué ha fallado, por qué, analizar su origen, proponernos números realistas y alcanzables, pedir a los otros (a todos esos académicos, asociaciones, ciudadanos) que dediquen su expertise a mejorar el país. A mejorarlo en serio, donde la mejora se note en las evaluaciones internacionales sobre calidad de vida.

Pero eso no pasa.

Hay mucho temor a aceptar que se equivocaron y que se están equivocando. Para colmo, la mayor equivocación está en no aceptar. Y, al no aceptar, se equivocan al torcer su discurso queriéndonos convencer con un eslogan que nos reclama a nosotros los ciudadanos –meros observadores para ustedes- por no fijarnos en las cosas buenas que suceden en el país. Digamos, por ejemplo, que nos piden celebrar que el gas LP bajó 10% (inserte aplausos y porras) pero omiten recordar que, en lo que va del sexenio, la gasolina subió 35% (inserte silencio incómodo).

Se equivocó al pedir no hacer apología de la violencia sin estrategia para combatirla desde raíz (que, ya sabemos, es un tema de corrupción alimentada por una sociedad desesperanzada). Sacar de la agenda la guerra contra el crimen organizado, no significó que la violencia entonces dejara de existir porque se dejara de hablar de ella. Pedir (o exigir o amenazar o matar para) que se deje de hablar de ciertas cosas no elimina el hecho de que esas ciertas cosas suceden. Los secuestrados, los niños asesinados, los desaparecidos (en cuya lista que hay gente que quiero), existen. Para 2015, 50 mil personas habían sido asesinadas en este sexenio (y hace unas semanas, el nombre de alguien que conocí se sumó a las estadísticas de este año).

Se equivocó cuando se decidió modificar los métodos de medición de pobreza. Muchos pobres salieron de ella… en papel. La gente sigue siendo pobre, la cuenten o no. Se equivocó haciendo pasar por nuevos empleos a aquellos que se dieron de alta en el SAT pero que ya trabajaban.

Se equivocó al decidir crear un discurso a favor de la Reforma Energética con la promesa de progreso (esa famosa palabra de los años 40), y se olvidaron que el mundo se encamina a dejar de depender de los hidrocarburos. No sólo eso, se cambió lo que se tuviera que cambiar para que las empresas se pusieran cómodas. No es que el progreso esté mal, pero si se persigue por encima de los derechos de otros, de nuestros recursos naturales, sin priorizar la sustentabilidad, no hablamos de verdadero desarrollo.

Se equivocó cuando se decidió ignorar el plagio de su tesis, porque “hay otros asuntos más importantes”. ¿A qué se referían? Porque hasta ahora se ha decidido también ignorar las manifestaciones, ignorar los escándalos de corrupción, ignorar las investigaciones, ignorar el deporte, ignorar a la ciencia, la cultura, al desarrollo; ignorar los reclamos desde derechos humanos. No quiero hacer más grande la lista, pero puede ser Trump, la Casa Blanca, Ayotzinapa y un largo y doloroso etcétera que lucha, se hinca, por llamar la atención de alguien de ustedes, de alguien con poder suficiente para ordenar el beneficio de una sola persona.

Por ignorarlas, las cosas no dejan de existir.

Cuando pienso en cómo llamar su atención, sé que no puedo apelar a su obligación como trabajadores del pueblo y tampoco a su sentido común. Sé que la empatía no existe entre nosotros. Sé que no puedo llamar a sus oficinas y reclamarle que las cosas no están bien por acá, porque nadie responde. Sé que reclamarles en su perfil de redes sociales es sólo enviar mensajes a un community manager. Hoy, a cuatro años de iniciado esto, sé que ya quiero que acabe.

Quiero que acabe y se vayan. Pero que, cuando se vayan, acepten que se han equivocado y dejen claras las cuentas y estén dispuestos a regresar cuando tengamos que encararlas. Quiero que, cuando lleguen los siguientes, sepan que gobernar no es un trabajo para hacerse rico y que la popularidad se gana trabajando bien. Que, cuando quieran hacer notar una buena noticia, sea una de esas donde el beneficio se observa en masa, en números, no en pequeños casos excepcionales que son en realidad uno en un millón de ciudadanos comunes chingándole, sabiendo que están solos. Quiero que los siguientes no nos ignoren, no nos minimicen, que tengan la capacidad de aceptar que se equivocaron y hagan a tiempo los cambios que tengan que hacer para ser un país que avanza sin aplastar a nadie.

Déjennos seguir.

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