Calor y nostalgia, esas son 2 palabras que cuentan mucho de mí.
Odio el calor. Lo odio.
Desde los 19 años siempre estuve de novia, todas estas relaciones empezaron entre mayo y junio. Porque si no es mayo o junio, quizás dure hasta agosto, mejor dicho si no hace frío, no me gusta que me toquen. No lo soporto, no me gusta tener calor. No hay nada en el calor que me parezca sexi, o atractivo, no hay nada en la transpiración que no sea un asco.
Tengo dos hijas, una nació en junio y la otra nació en diciembre. No quiero más a la de junio, pero si alguna de las dos va a tener el trauma adulto de haber sido poco abrazada, va a ser la de diciembre. Porque con todo el amor y la hormona a flor de piel, ese amor imposible de soportar que despierta un bebé, aun así odio el calor.
El calor me hace histérica, malhumorada, difícil de querer. Cuando yo tengo calor nadie me puede querer.
No me gusta irme de viaje, ni comer fideos con manteca, ni jugar a nada cuando hace calor.
No me gusta la luz brillante del sol, me gusta tamizada por las nubes, me gusta cuando pasa volando alguna hoja marrón. Me gusta cuando el limpiaparabrisas no da abasto y parece que las varas van a salir volando. Me gusta andar en bicicleta con el pelo revuelto en la cara, me gusta no poder desenredarlo. Me gusta cuando el abrazo no sólo no pegotea, abriga.
El calor separa.
El calor nos hace pasar calor, sinónimo en este caso de vergüenza, por llevar dos aureolas espantosas e imposibles de evitar debajo de las axilas. No es como una espinaca en un diente que podemos limpiar, son dos círculos mojados que nadie quiere, tampoco nadie quiere ver, pero no se eligen. Suceden. Huelen. Porque hace calor.
El calor nos hace feos, nos saca granos y nos ensucia el flequillo.
También me define la nostalgia. No sé si porque siento que todo tiempo pasado fue mejor, en principio arriesgo que no.
Hay algo en el paso del tiempo que me resulta aterrador, algo que es más humano que comer, coger y dormir. Asumir la finitud. No sólo la nuestra, o de nuestra especie. Asumir a la muerte como único destino de todo, y completar esa realidad existencial con el condimento más desesperante: siempre, siempre (siempre) llega de sorpresa.
La nostalgia es una tristeza que está ahí porque sabemos que nos vamos a morir.
No agobia, no paraliza, no te deja en la cama. La nostalgia no te tiene llorando todo el día, ni comiendo 2 docenas de churros. Pero ese pensamiento que, repentino, aparece y te anuda la garganta sí o sí se convierte en llanto.
Porque no necesariamente siempre, no a toda hora, no a los gritos, no con congoja, no con acting demente ni con un dolor punzante, pero la nostalgia llora.
La música es nostalgia, los libros también.
Olor a tostada y olor a pasto. Olor a traje de baño con Marco Polo incluido.
El Marco Polo de mi hija es nostalgia.
Nostalgia por mis abuelos, porque con la última de ellos, los ojos que con más amor me miraron, se murió la mejor versión de mí.
Amigos, amores, amores que no pudieron existir ni siquiera para que los alcanzara la muerte. Amores que tienen que morir pero subsisten amparados en la tarada de la nostalgia.
Nostalgia siempre.
Y la hoja marrón.
Nací en junio, en otoño, soy frío y soy nostalgia.
