Humor negro. A veces.
Siempre que nadie que no pueda soportarlo salga lastimado, defiendo el humor negro. Creo que hay algo ahí que me ayuda a entender que la vida puede ser muy, muy difícil. En general, no la mía particularmente.
La mía es una vida linda, y cuando de repente me da la oportunidad de reírme de mí, me divierto.
Así fue como tuve un síntoma que de repente googleé y ¡PUM!
La primera página en los resultados era bastante contundente: www.cancer.org. Sin negar el shock inicial, desde ese momento me dediqué a compartirlo con poca gente y a reírme de eso. Y quizás a ponerlos un poco incómodos.
Así fue como le hice firmar con sangre a mi marido que con ESA no iba a casarse. Y peleé a mi íntima amiga con que no iba a quedarse con mi hija porque dice “caca”. A mi socia le dejé un testamento con mis lápices de colores (para que aprenda a dibujar mi parte) y mi deuda de monotributo, y ni sus ojos vidriosos pudieron callarme. A mi hermana la jorobé con que le dejaba mi ropa, pero que si ella se moría primero me dejara la de ella, negocio. Mis amigas paquetas me dedicaron en Twitter un #JuevesdeTetas, y juraron sacarme en La Nación. Por supuesto que ya le expliqué a mi marido cómo cobrar mi seguro de vida en Osde.
A mis padres, respetuosa, no me animé a decirles ni mu.
Finalmente hoy llegó el día, me operaron. Lo más probable es que no tenga cáncer.
Ayer por la tarde, buscando en Farmacity el jabón líquido Pervinox necesario pre-cirugía, encontré un libro de Princesas con 1000 stickers y por algún motivo me pareció que sería un buen legado para dejarle a mi hija. Lo compré y en el momento en que junto con un beso decidí entregárselo, ella me miró fijo con sus ojos inexplicables y me abrazó muy fuerte mientras dijo, “mami sos mi preferida”.
No sé dónde se esconde el humor negro cuando el inconsciente decide despedirse de tu hija con un libro de 1000 stickers. Quizás no lo ves a través del llanto, o está muy serio, tapado de tanto que se aferra a la vida.
A la de ella, no a la mía.