De LeivaFulana

El tango es una cultura dentro de nuestra cultura, un gran mito lleno de mitos y, como buen mito, impermeable a todo tipo de dudas. Las que cuestionan su verdadero origen -que si en Argentina, en Uruguay, Francia o Rusia- o la nacionalidad de su cantor más renombrado, no hacen más que alimentarlo sideralmente. La nubosidad en torno al tango sigue generando lluvias de libros artículos y entradas de blogs. Por fuera de este entredicho un subgénero emerge recuperando su savia ancestral: el tango electrónico o neotango. La nostalgia amorosa causada por un amor no correspondido, abc de los tangos tradicionales hoy está prácticamente ausente en su vástago electrónico, eminentemente instrumental. Poemas sublimes como “Fuimos” de Goyeneche o “Recuerdo” de Maciel son alhajas de la abuela cubiertas por el paño del olvido, a salvo de la luz. De principios del siglo pasado a nuestros días, el amor, catalizador de aquellas piezas de cristal se vio sacudido de pies a cabeza. Sus consecuencias más angustiosas que la sequía lírica del género rioplatense. La desarticulación de la familia como la conocieron nuestros abuelos, incluso nuestros padres, es de las más significativas. Muchas relaciones entre los seres humanos continúan modificándose en el marco de la racionalización brutal de las actividades en todas las esferas de la vida. Dichas generalizaciones –imprudentes como toda generalización- bastan para colocarnos en tema. A nivel compositivo, en el tango electrónico estas transformaciones advienen en un dramatismo light, que se configura a partir de la inclusión de baterías livianas –batidoras para los que están en la movida- y sobre todo de la elipsis del instrumento más dramático del tango con mayúscula: la voz humana. Desde la irrupción del neotango a principios del siglo XXI, las canciones de sus bandas más trascendentes (Chordless Theory, Band O Neón, Fulana, Gotan Proyect, entre otras) coronan al bandoneón segundeados por violines, de menor importancia para la Guardia Vieja y los que le siguieron. La voz, si aparece, lo hace como actor de reparto. La esencia del nuevo género consiste en hacer bailar la mente al ritmo de la city luminosa y veloz, de corazón audiovisual. La solidez y resonancia de voces laureadas como la de Rivero o Rosetto son desplazadas por susurros, voces que se funden con la música o, en el caso de Bajofondo se toman prestados registros del rock y del pop como el de Santullo y Julieta Venegas. Malena no canta el tango como ninguna y en ningún verso pone su corazón, a ningún yuyo del suburbio su voz perfuma.

El tango era un género para calmar las penas, en compañía de un trago, con el viento academicista de Piazzolla lo fue cada vez menos; la escucha del tango electrónico se da en soledad, sin canto y sin baile, bajo el influjo de luces tenues y quizás de estimulantes y/o afines si la puesta es en un bar, lo cual constituye una rareza de esas que nunca faltan en la Capital. El tango es (otra vez peco de generalizadora) un viejo arrabalero que lo oye en la “milonga”, el electrónico una joven que lo escucha con auriculares en la calle o en el bondi. Saltos de tiempo, piezas del ajedrez espacial corridas, lenguajes desdoblados y renovados, visiones de mundos subieron y se derrumbaron, un aluvióntecnológico cubrió la tierra y medios de comunicación proliferaron en el ínterin. La escena en la que ambos tangos nacieron comparten un telón de fondo pesado e imponente, como el que se baja al final de las obras en los grandes teatros: desasosiego ante espacios y ritmos cambiantes, efervescentes; la necesidad de contar una historia lastimosa no reducida a lo amoroso. Convergen en la expresión de un tipo especial de vida: urbana, demasiado urbana. La felicidad contrasta con la impotencia frente al cotidiano encuadre de muchedumbres cronometradas sobre el pavimento angosto que alfombra la ciudad, el enorme contrafrente gris que forman los edificios de ventanas diminutas y la humedad que viene del río. Más allá de las diferencias formales, entre el tango y el neotango se tiende un hilo que enlaza modos de habitar la urbe a través de un estilo melancólico y evocador del aire vicioso de Buenos Aires, de mi Buenos Aires querido.

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