Fui a la peluquería en busca de un corte que me deje la cabeza como el alerón de un Fiat Uno. Y lo conseguí. Ahora la gente me mira raro; aunque una chica me clava la mirada, mordiéndose los labios levemente como regodeándose con algo. Su belleza me deslumbra pero me deserotiza su remera de Guasones y continúo camino.
Mientras espero el colectivo escucho a dos señoras elaborar diversas hipótesis sobre el caso Nisman. Una dice que lo mató Cristina y la otra afirma que era puto.
Sudo como si estuviera en una corte americana declarando contra la Cosa Nostra. La transpiración que desciende por mi espalda se acumula en la cuerina del asiento.
Toco el timbre y un mochilero que garroneó el pasaje aprovecha para sentarse donde estaba yo. Ahora mi sudor recorrerá toda la Patagonia, o tal vez parte del norte argentino para traficar droga desde la frontera con Bolivia. Quién sabe.
Entro a mi casa. Están mirando Intratables. Me dirijo a la pieza.
Le aprieto fuertemente el rostro al gato y le digo: Ahora vas hacer que los que te enviaron a este planeta escuchen el disco en vivo de Cachumba.
El gato ronronéo y retrocedió dando pasos muy cortos, sin quitarme la mirada, hasta perderse para siempre en la sombra de aquel bajo mesada.
