Laringe

Basta un bramido para oler la mierda. Para descartarla. Para desechar a la mierda, cualquier chance de hallar un tesoro por allí. De hallar e$e$ en las heces. De pensar que en esa descarga fisiológica, podría haber una descarga eléctrica de sueños.
 
 Los pasos se sentían pesados. Pero al mismo tiempo se naturalizaban en una seguidilla de instantes. Como un barco que se va estabilizando a la marcha. Como si mirar el giroscopio de reojo mientras teníamos vista al frente con las manos al timón, nos diera una bocanada de confianza. Lo vegetativo emergía y endulzaba ese aire lleno de aves, humedad, claro y extrañeza. Una extrañeza que se disipaba a medida que el paso se estabilizaba. A medida que las costumbres se tejían en el edredón del cuerpo nuevo. 
 
 A medida de la aspereza de ese nuevo cuero la grandeza podía permitir que otros acicalaran. Pajaritos. Bichitos. Seres humanos. Deseosos de disfrutar de un cuerno metido en el medio del naso. Y otras cosas que más difíciles de describir, resultaban igual de extraordinarias.
 
 El pasadizo para nada secreto, se popularizaba a la vera de esas redes sociales que solos los mas jóvenes saben usar. La voz se corría, la bola se pasaba y la multitud se encendía, propagándose como fuego griego. Válidas las demandas de la experimentación y desiertos aquellos terrenos de la comercialización, el quehacer era todavía flamante como para pelearse por un lugar. Pero sí, había que hacerlo, antes que la gilada llegase. Antes que un oleoducto de estupidez quisiese darle respuestas y mediciones absurdas y restrictivas, a esa gran y sobrenatural experiencia.

Era simplemente una amapola. Simplemente era. Parte de una plantación, pero con una inédita e impredecible duración que mágica, sembraría una gran incertidumbre sobre cualquier científico que la quisiera embarrar con sus sucios labios de empalagosa y autovanagloriosa duda. Chicos de todas las alturas y edades se reunían para olerla. Inéditamente lograban una paz social y una pericia organizativa totalmente atípicas para su edad. Pero sí, todos seguían siendo chicos. Y los más grandes al olerla se achicaban. Los más chicos volaban aún más. Y las chicas expandían las redes de sus neuronas a cada exhalación, convirtiéndose en versiones rapunzelescas de volátil pero igualmente bien plantada sensibilidad.
 
 Campo abierto, pasto inexplicablemente corto en el bosque, una pequeña cascada y un humilde árbol, que solo era era especial por ser el único de ese lugar. A su vera, amapolas florecientes que tan flores como cualquier flor, no parecían tener ninguna magia especifica. Hasta que claro, a un ñato se le ocurrió oler una de ellas.
 
 Absorto, Alán no sintió como su cuerpo simbólico se desintegraba. Más bien estaba enfocado en como este se integraba, a bordo de ese barco que era un nuevo cuerpo. Uno enorme. Selvatico y real. Real de la estirpe de la “alta alcurnia”. Alán sentía como su esencia mental se adosaba a la de un rinoceronte. 
 
 Y no puedo contarles más. No soy Kun, Mircea, Leila, Soledad, Mara, Pitu, Rincón, Sanchez, Sonata, Ganso, Astor, Silvii, Eccema, July, Debbie, Santi, Tapiales, Agustina, Flor Rossi, Flor Sessa, Rick, Lucas ni Alán. Solo estoy seguro gracias a ellos, de que las sensaciones que te generaba esa flor eran imprescindibles. 
 
 Como la niñez, parecía una eternidad terminal la que podía vivir esa flor. Era predecible que iba a durar tanto como un amor de verano o tanto como lo poco que faltaba para que alguno de estos chicos lo experimentara en un futuro viaje a la costa. Pero mientras se disfrutaba, Barría con cualquier realidad y no importaba nada más. O sea: ¿Quién nunca soñó con ser un rinoceronte por un día?.
 
 Bastaría con un vientito días después, para que la Flor se desarmara y se convirtiera en este mito. En que se hiciera tan potente y eterna como la de un recuerdo de esos que resulta increíble. La fuerza de un código compartido indescifrable pero pasado por generaciones que inoculando culturas, podrían reencontrarse con la anomalía en una era en que la sociedad estuviese más afable para disfrutar de estas maravillas. En una época en la que la sociedad las mereciera más. En una época en la que la sociedad, estuviese más inmadura.
 
 ¿Pero que son las fantasías sino lugares más lindos en donde estar? Lugares de pasto corto sin cortar, paisajes de ensueño, experiencias sensoriales nuevas y un cuerno en medio del naso con el que tener que anchas zancadas planear? Las fantasías solo son mitos y pueden prescindir de objetos para llevarse a cabo. Instalados los mitos, solo extensiones simbólicas pueden ampliarlos, enraizándose hasta la eternidad. Son tan baratas que ni es necesaria la existencia de una flor. Para experimentar solo basta con cerrar los ojos, abstraerse y oler. Solo basta con un instante para analizar. Sí. Solo basta con un bramido para soñar.

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