La bolsita de terciopelo azul

Ya la vida no era lo misma, las cosas con su hermano habían cambiado de forma radical. La comunicación entre ellos se había quebrado, las respuestas sin sentido a cualquier tema a tratar se hacían insostenibles.

Verónica extrañaba la vida anterior, donde su padre aun permanecía con vida y no por los buenos tratos recibidos ya que nunca los percibió de su progenitor pero si por el desequilibrio que la muerte de su padre ha causado en su hermano menor, un adolescente de 16 años que aun no ha podido aceptar la pérdida de un padre que aunque abusivo con su hermana lo malcriaba y le daba consejos para poder dominar las inquietudes de la vida, esquivar los problemas a lo largo del duro camino de las experiencias por venir.

El mayor error cometido por su madre, que terminó colaborando con la nueva personalidad de su hermano, fue el hecho de no enterrar a su padre en el cementerio de la localidad sino cremarlo. Desde ese momento, su madre al recibir el recipiente de plástico que resguarda la bolsita de terciopelo azul llena con las cenizas de su padre decidió cumplir el pedido del adolescente perturbado, entregándole en sus manos lo que restaba de su padre.

Ahora a ella se le hace muy incomodo y bizarro todo en el hogar, luego de un mes de la cremación, su hermano, dice hablar con las cenizas de su padre. Al sentarse a la mesa a cenar pone la bolsita de terciopelo azul en la cabecera de la mesa y le sirve la comida tal cual como a los demás presentes en vida. Al estar en el sofá de la sala viendo la televisión, igualmente la bolsita de terciopelo azul ocupa el asiento contiguo, el chico esboza sonrisas y carcajadas, y comenta a la bolsa detalles cuando hay una jugada polémica en el fútbol.

Al él llegar de clases le cuenta a su padre el cómo le fue en el liceo, incluso hay silencios en los cuales el chico se nota perturbado y temeroso, según él, su padre lo ha regañado por sacar bajas notas y llegar tarde luego de jugar pelota con los vecinos.Un día terminó con moretones y rasguños por una pelea con José, su mejor amigo, ya que el chico le dijo que era imposible que un montón de cenizas le hablaran.

Para Verónica ya era el limite, su hermano estaba perdiendo la razón, y al parecer, su madre inmersa en el dolor de la reciente perdida de su compañero y alma gemela no caía en cuenta del estado critico mental de su hijo, terminaba cediendo a la locura involucrada en airadas conversaciones con su hijo y la bolsita de terciopelo azul.

La decisión estaba tomada, esa bolsita tenía que desaparecer, ella tenía que acabar con esa pesadilla. La situación estaba afectando su rendimiento académico en su primer año de medicina en la universidad, dormía poco, al contacto con la almohada en la quietud de la oscuridad, podía a través de la pared escuchar las conversaciones de su hermano que terminaban por ser un monólogo, un canto triste y trastornado. Primero intentaría, solo por el respeto y el amor que siente por su hermano, decirle que debe sacar las cenizas de la casa, darle como opción única el acompañarlo a la costa que queda a una hora de distancia en carro desde el hogar, para esparcir las cenizas de su padre al mar dando descanso y paz a la memoria de su padre y la vuelta a la normalidad de sus vidas. Sabe que no será sencillo, está segura que su hermano se negará pero también tiene un plan b, si él no quiere, ella tendrá que tomar la bolsita de terciopelo azul a como dé lugar y llevarla sin esperas al inmenso mar, donde, solo así, su familia podrá iniciar la cura de una vida inmersa en la pesadilla de la insanidad.

La mañana no fue fácil, al comentarle sobre el esparcir las cenizas al mar, el joven se torno agresivo, inició un discurso reprochándole a ella el trato insensible que le daba a él delante de su padre, gritos y reclamos llovían sobre ella, mientras él señalaba la bolsita de terciopelo azul que los acompañaba en la mesa preparada para el desayuno, repitiendo una y otra vez “respeta a tu padre mientras come”. No había manera de entrar en razón, decidió levantarse de la mesa y dar por fallido el intento de dialogo. Agarro el plato servido con cereal lo lanzó directo al rostro del chico que aún clamaba por el respeto a la bolsita inerte en la mesa. El plato se quebró en cuatro grandes pedazos al contacto con la parte frontal del chico iracundo, un gemido de dolor brotó de la cara plagada de aros de sabores y de lágrimas, hilos blancos tejiendo una telaraña, sin tiempo que perder lo empujó, haciéndolo caer de espaldas a las cerámicas color beige que dominaban el piso, emitiendo un sonido hueco al contacto del cuerpo del joven mutado en un niño llorón llamando a gritos a su madre.

Corrió al exterior, con prisa montó su camioneta,al prender y pisar el acelerador pudo ver a través del retrovisor cómo su madre salía de la entrada principal a toda prisa gritando y moviendo los brazos, llorando y gritando que parara y volviera, que no desuniera a la familia. Por estar viéndola por el espejo retrovisor casi choca con un carro que venía circulando mientras ella pasaba la acera incorporándose al carril del mismo sentido, una fuerte corneta la alertó del posible impacto haciéndola enfocar todos sus sentidos al volante, mientras, los gritos de su madre se hacían más lejanos. Conducía, empezó a llorar, no por sentirse culpable de lo que estaba haciendo, sino por la impotencia de ver tanto a su madre y hermano sumidos en la locura, perdidos, entregados en pensamiento y en alma a un pequeño monto de cenizas, los restos de lo que alguna vez fue el cuerpo de su padre en vida, aquel hombre que alguna vez la cargo en brazos. Viendo la bolsita de terciopelo azul postrada en el asiento de copiloto empezó a decirle con cierta rabia y con tono de autoridad.

-Ya no regresarás, merecemos una vida normal, mi madre y hermano tienen derecho a continuar sus vidas sin que tú los estés atormentado con tu presencia.

Llegó a la costa, estacionó la camioneta cerca de la playa, sobre la arena un camino de cemento que a su extremo limitaba con un muelle. Antes de bajarse vio su rostro por el espejo retrovisor. Sus ojos estaban inyectados de sangre, la rabia, la ira y el cansancio era el lenguaje mudo a través de su mirada. Pasó las manos sobre su rostro, tratando de borrar las marcas de daños y angustias causados por lo que no era más que un puñado de cenizas.

Inició su camino hacia la punta saliente del muelle, mientras se acercaba al final del camino, a la frontera que delimitaba la tierra contra el inmenso basto azul se percató que en el costado derecho del muelle, se encontraba un chico moreno gordo, en camiseta y bermudas con una caña rudimentaria echa solo con un una rama y un nylon, sus rollizos pies colgaban por fuera del muelle, estaba tan sudado que su camiseta de un amarillo ocre ya se había transparentado y prácticamente se encontraba adherida a su piel torneando la serie de cauchos que conformaban su tronco .El chico silbaba, o eso intentaba, ya que solo se oía un desagradable siseo de sus labios, como si hubiese comido todo un paquete de galletas de soda antes de intentar ejecutar su lastimosa melodía. Ella paró un momento, él se le quedo viendo al igual que ella, sin dejar de hacer ese ruido desagradable que salía de su boca seca, parecía un pescado fuera del agua tratando de respirar en un ambiente que le era hostil, ella se limitó a sostenerle la mirada y luego voltear sus ojos en señal de hastío. Alzó la mano derecha en la cual tenía la bolsita de terciopelo azul. La observó, meditando si era mejor abrirla y esparcir sus cenizas, o lanzarla directamente al mar. A pesar de todo le debía respeto y consideración a su padre, meditó sabiendo que lo menos que podía hacer era esparcir las cenizas como un acto de redención entre ellos. El chico se levantó pesadamente, ella volteó a su derecha observando sobre su hombro. Ya había empezado su caminar de retorno dejando el muelle, su pésimo silbar y las manos vacías la hacían pensar que de seguro así serían todos los días de ese rollizo ser. Suspiró y abrió la bolsa, el cúmulo de cenizas era oscuro y denso, no pesaban casi nada. Alzó la mano poniendo el símbolo de sus recientes angustias más arriba de la altura alcanzada por su cabeza, ya solo quedaba girar su mano poniendo su palma boca abajo, dejar caer el contenido que tantos problemas emocionales le han causado al resto de su familia, dejar que el mar se devore con calma y frialdad aquello que solo debe persistir viviendo en la memoria, no como un objeto inanimado, diabólico, capaz de hacer que otros dependan de él.

Mirando abajo, observando sus pies postrados al borde del muelle esperó ver las cenizas ahogarse, pero eso no sucedió, ya habían pasado unos segundos y nada del contenido existente en la bolsita había pasado ante su mirada. La bolsita de terciopelo azul se encontraba vacía, quizás las cenizas se desintegraron con el viento y ella no fue capaz de verlas, se encogió de hombros, dijo para sus adentros que al menos lo importante ya se había realizado, las cenizas han desaparecido de su vida y no ocasionarán más problemas. Arrojó la bolsita de terciopelo azul al mar e inició su camino de regreso a casa.

Se preguntaba mientras conducía cómo haría con su hermano y madre para explicarles que lo que ella había hecho en el muelle era lo mejor, convencerlos de que su padre así lo habría querido. Sentía alivio sin duda, un peso menos en sus angustias.

El momento de confrontarlos había llegado, los vio a ambos sentados en los escalones del área del porche que dan a la entrada de la casa, mientras se estacionaba ya estaban a pocos pasos de distancia. Su madre y hermano se le quedaron viendo, tenían miradas extrañas, incluso su madre inclinando un poco la cabeza hacia la derecha observándola con los ojos entrecerrados, como si tratara de dilucidar algo ajeno en aquel rostro desconcertado.

-Quiero decirles que fue por su bien, nunca quise lasti… -no pudo completar sus argumentos ya que su madre y hermano la abrazaron con fuerza.

-Gracias por recapacitar y mantener a la familia unida.- Escuchó atónita decir a su madre, ellos reían y la acariciaban mientras la llevaban hacia la entrada de la casa.

-Que bueno que lo has traído de vuelta contigo, temía lo peor, que te hubieses desecho de nuestro padre.

-Te lo dije hijo mío, que tu hermana no lo haría, que no cometería ninguna acción que lastimara a tu padre y que lo traería con nosotros.

Horrorizada y perpleja no entendía, quería soltarse de las amarras afectuosas impuestas y explicarles que se equivocaban, que ella no traía consigo la bolsita de terciopelo azul con las cenizas de su padre.

Ya pasando el umbral de la puerta, en el pequeño pasillo que da a la sala, hay un espejo grande en la pared blanca de la izquierda. Al pasar frente al mismo y detenerse pudo contemplar la respuesta a tan insensata actuación de sus familiares. Su cabello lacio, liso hasta la cintura, de color castaño oscuro, había mutado a un color gris. Su madre y hermano sonreían mientras la abrazaban cada uno de un costado. La alegría de un cuadro familiar.


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