La Gente Puede Volar

Over the Moon — Angus Macpherson

Mi mundo es peculiar.

No digo “mi mundo” como si yo tuviera control absoluto sobre él. Dios no, me refiero al mundo donde vivo. Y sí, esta pequeña ciudad rodeada de verdosas montañas que parece más el pueblo de una historia del Doctor Seuss que una ciudad del siglo XXI, es mi mundo. Nunca he conocido ni he querido conocer otra cosa. Aquí es donde nací; donde vivo en mi pequeño apartamento con mi mejor amigo, que es un gato, probablemente porque no he tenido una relación estable en mi vida desde que tenía once años, pero no nos enfoquemos en eso.

Lo que si tengo es un trabajo. Es como vendedor en una tienda de cosméticos para mujeres, pero podría ser peor, podría ser crítico de cine. De todas formas, es la manera que tengo de sobrevivir en este mundo donde toda la gente parece ser tremendamente feliz, donde los días nublados solo traen consigo sonrisas. Es un mundo peculiar.

Ah sí, por cierto, en mi mundo la gente puede volar.

Eso no es una exageración ni un chiste, mucho menos una manera ingeniosa de referirme a que la gente está constantemente drogada, no soy Groucho Marx. No, la gente literalmente puede volar.

Bueno, no todos. Yo, por ejemplo, no puedo; tampoco un diez por ciento de la gente de esta ciudad. Pero el resto se mueve a su placer por los cielos, trasladándose de un lado al otro y aterrizando solo cuando desean hacerlo para llevar a cabo las actividades mundanas del día a día cómo nosotros los normales, a quienes llaman «los caminantes». ¿No es eso terriblemente despectivo?

Nadie sabe el cómo o porque sucedió, simplemente un día hace cuatro años la gente descubrió que podía levitar. Se pueden imaginar la conmoción que causó entre todos, pero después de un par de meses ya se había vuelto de lo más normal, parte de lo cotidiano incluso. Nuevos deportes y eventos culturales aéreos fueron inventados para el deleite de aquellos que pudieran disfrutarlos, y nuevas excusas para justificar el llegar tarde a algún lado tuvieron que ser ideadas. Tampoco se supo porque algunas personas simplemente no podían hacerlo. Pero las calles se habían quedado vacías y la pizza era entregada mucho más rápido así que no teníamos razón de quejarnos demasiado.

¿Ven que no mentía cuando dije que mi mundo es peculiar? Bueno, créanlo o no se tornó incluso aún más extraño. Fue hace algún tiempo ya, cuando tenía la tierna e ingenua edad de veinticuatro años y tres meses. Ahora tengo veinticuatro y cinco meses, soy mucho más maduro y puedo ver atrás a esos momentos con nostalgia y dignidad. Bueno, no con dignidad pero ustedes entienden. De todas formas, pónganse los cinturones y apriétenlos bien porque estoy a punto de contarles una historia que los hará reír, llorar y estornudar, probablemente al mismo tiempo:


Sucedió un día como cualquier otro, martes si mal no recuerdo. Todo parecía ir como siempre en mi patética vida de caminante. Me trasladé vergonzosamente en bus hasta mi trabajo, donde poco después me encontré con Diego, mi compañero de venta, quien tenía la molesta costumbre de aterrizar a mi lado cuando menos lo esperaba y siempre llegaba tarde a pesar de poder volar.

-No tienes idea de todo lo que tenemos que hacer los que volamos.-Me decía excusándose.

Pero a mí no me importaba, simplemente quería que el día terminará, pero parecía extenderse interminablemente, especialmente con clientes como esas dos chicas que pasaron unas dos horas decidiendo cual maquillaje comprar porque no sabían si era resistente a la humedad a cierta altura y me preguntaban cómo si yo supiera o me importara. Solo quería que decidieran, pagaran y se fuesen, ¿era eso mucho pedir?

La hora del almuerzo no pudo llegar lo suficientemente rápido. Salí a comer en una de las bancas de la plaza. El almuerzo de ese día era un mísero sándwich de pollo quemado que preparé rápida y torpemente antes de salir de mi apartamento pues iba ya unos minutos tarde.

Y después cayó sobre mí.

No un pensamiento, una persona. Mi cabeza retumbaba y mi cuerpo apenas podía moverse por el peso del ser que tenía encima. Mi pobre sándwich terminó en el suelo tras solo un par de mordiscos y mis piernas quedaron empapadas con el jugo caído. Estaba entendiblemente furioso, tenía toda la mañana ansiando esa pequeña libertad y un volador la arruinaba, no era suficiente con que arruinaran mi autoestima diariamente; no, ahora arruinaban mi hora feliz. ¿Qué clase de idiota podía tener tan pobre sentido de aterrizaje?

Resultó ser una idiota muy guapa. La irá que corría por mi sangre se disipó de una manera escandalosamente rápida tan pronto mis ojos conectaron con los de ella mientras nos levantábamos. Era una magnifica y hermosa creatura, cabellos amarillos como el sol, ojos azules como el mar, y cualquier otro montón de metáforas sobre la naturaleza que harían a un hippie sentirse realizado en la vida. Esto era lo que llamaríamos suerte, ¿podría ser que algo bueno finalmente me estuviera sucediendo?

La sencilla y obvia respuesta a eso fue un «no». Sin decir siquiera una disculpa, se levantó y salió corriendo hasta donde se encontraba un hombre de mediana estatura y vestimenta elegante, se saludaron con un beso en los labios y un abrazo, y poco después podía escucharla reír sobre el incidente mientras se alejaban tomados de las manos. Si, suerte, así la llamaban. Pero fue entonces, mientras intentaba recoger el ya arruinado pedazo de pan del suelo, que escuché:

-Lo siento mucho por mi amiga. Es una desconsiderada.

Frente a mi estaba ahora una chica de ondulada cabellera rojiza, algo flacucha, con piel pálida y rostro cubierto por un archipiélago de pecas. Sus redondos lentes de marco negro extrañamente complementaban su vestimenta de Joan Jett. Había un aire muy rock & roll de los setenta en ella.

-¡Oh! Ha hecho que se te cayera todo –Dijo con un tono de lástima.

-No te preocupes, creo que mi dignidad aún está conmigo en algún lugar. –Le respondí.

Intenté limpiarme un poco pero era imposible hacerlo por completo, la mancha de jugo se había impregnado en mis pantalones. Ella permanecía ahí, mirándome pensativa.

-¿Qué? –Pregunté finalmente.

-Déjame reponer tu comida, es lo menos que puedo hacer.

-No, tranquila, no fue tu culpa. De todos modos tengo que pasar por mi casa y cambiarme para regresar al trabajo.

-Vamos hombre, conozco un lugar donde preparan los mejores sándwiches de la ciudad. El tuyo parecía hecho por un niño de ocho años que lo hizo sólo porque estaba molesto con su mamá y no quería pedirle ayuda.

-Eso es extrañamente específico.

-Tuve una infancia extraña.

De alguna manera estaba logrando convencerme. No quiero sorprenderlos, pero soy la persona menos sociable en este mundo, tal vez lo dedujeron por como almuerzo solo en una plaza. Pero ella era muy interesante, y yo estaba muy hambriento.

-¿Dónde queda este lugar de los mejores sándwiches de la ciudad? –pregunté.

-Uh, es el Castillo del Sándwich –Respondió.

-El Palacio del Sándwich.

-Eso.

-Eso queda al otro lado de la ciudad –Estaba un poco desencantado con la idea.

-Si –dijo sin prestarle mucha importancia-, si nos apresuramos podemos estar allí en cinco minutos.

-No puedo.

-Oh, cierto, tienes que pasar por tu casa. Podemos pasar en el camino, no hay problema.

-No estás entendiéndome. No puedo –Insistí.

Finalmente pareció darse cuenta, soltando un “mierda” para sí misma. En ese momento parecía avergonzada, así que intenté aligerar un poco la situación.

-No te preocupes, de veras. Comí ayer, así que realmente no hay problema.

-Joder, disculpa de verdad si te he ofendido. A veces me cuesta mucho entender entre líneas, definitivamente no soy una persona terriblemente inteligente –Sus palabras salían como balas de ametralladora de su boca, a una velocidad increíble-. Ahora de verdad debo invitarte ese sándwich, puede ser en un lugar más cercano, o puede ser otra cosa que no sea un sándwich, hay millones de comidas y lugares donde comer, en serio…

-¡Está bien! –La interrumpí-. ¿Te calmarías si acepto tu invitación?

-Probablemente no. Está en mi naturaleza perder la cabeza cuando insulto accidentalmente a alguien.

-Pero no me…

-¡Está bien, Vamos! –Dijo finalmente con lo que percibí era un falso entusiasmo para dar fin a la conversación.

La seguí mientras caminaba por la plaza hasta que se detuvo súbitamente, mirando a todos lados.

-¿Qué sucede? –Le pregunté, preocupado.

-No sé dónde hay una parada de autobús.

No pude evitar más que reírme de su encantadora ignorancia. Que no tuviera conocimiento de algo que resultaba tan básico para mí me recordó que no solo la gente que podía volar había perdido todo sentido de contacto con nosotros, sino que también pasaba a lo contrario. La lleve a la parada y esperamos unos quince minutos hasta que llegara el bus, tiempo en el cual decidió presentarse formalmente.

-Me llamo Patricia. Mis amigos me llaman Patty con doble «t» e «i» griega, pero tú no eres mi amigo aun así que me puedes llamar Pati con «t» e “i».

-Yo soy Luis. No tengo amigos.

Cuando entramos al autobús sus ojos abiertos brillaban como los de un niño fascinado que veía Jurassic Park por primera vez y una sonrisa se abrió camino en su rostro.

-Hacía ya cuatro años que no entraba en uno de estos –Me dijo, sin perder la exaltada sonrisa.

Éramos las únicas personas en el autobús además del conductor. Nos sentamos y en el trayecto a mi edificio hablamos un poco sobre nuestras respectivas vidas mientras escuchábamos el disco de Hombres G que el conductor reproducía. Ella acababa de graduarse recientemente de la universidad, donde había estudiado ornitología; desde que podía volar había tomado particular interés en las aves y usualmente pasaba su tiempo volando junto a ellas para fotografiarlas y estudiarlas. Gabriela, la muchacha rubia que había caído sobre mí, era su mejor amiga y compañera de estudios. Ambas se encontraban trabajando en la escritura de un libro que recopilaba información sobre los diversos tipos de aves de la región. Me sentí positivamente estúpido compartiendo información sobre mi vida después de escuchar sobre la de ella.

Veinte minutos después estábamos en mi apartamento. La gorda bola de pelo blanco que considero mi mejor amigo estaba en durmiendo en el sofá, y soltó un perezoso maullido al despertar con nuestra entrada. Ella fue directamente a acariciar al gato mientras yo entraba a mi habitación a cambiar de pantalón.

-¿Cómo se llama? –Me preguntó desde la sala.

-Se llama Layla.

-¿Cómo la canción de Eric Clapton?

-Exactamente.

Continuó acariciándolo y hablándole cómo si fuera un bebé hasta que notó algo extraño. Yo salí nuevamente a la sala, ya con un par de pantalones limpios y noté la extrañada expresión en su rostro.

-¿Qué sucede? –Le pregunté confundido.

-¿Sabes qué tu gata tiene pene?

-Sí, es macho.

-¿Y por qué Layla?

-Bueno, por mucho tiempo pensé que era una gata, hasta que creció y, bueno, era muy tarde para cambiarle el nombre.

Ella se agachó y se puso cara a cara con el gato, y con una adorable expresión en su rostro le dijo:

-Pobre cosita, debes estar tan confundido.

Unos minutos después nos encontrábamos en otro autobús, esta vez con destino al Palacio del Sándwich. Ya faltaba poco para que oficialmente concluyera mi hora de almuerzo, pero a decir verdad poco me importaba volver al trabajo, estaba pasándola bien y eso era lo único que tenía importancia en ese momento.

-No debe ser muy divertido –Dijo ella cuando le comenté que no me interesaba regresar.

-Eso es ponerlo en palabras simples –Repliqué con desdén.

-¿No encuentras interesante conversar con gente nueva todo el tiempo?

-A duras penas lo encuentro.

Ya en el restaurante ordené un emparedado de pavo con queso, lechuga y poca mostaza, ella por su parte sólo ordenó un bowl de papas fritas y una malteada (dios, esta se está convirtiendo en una historia sobre sándwiches, ¿no es cierto? Mis disculpas si los está poniendo hambrientos). Después de lo que fue un silencioso y tardío almuerzo, ella pagó; le agradecí y salimos del lugar. Caminamos sin decir nada por unas dos horas, lo extraño era que se sentía completamente cómodo. No sentí la necesidad de decir algo, hasta que pensé en ello y me di cuenta que debía estar aburriéndola terriblemente.

-Debe haber pasado ya mucho tiempo desde la última vez que caminaste tanto –Fue lo único que se me ocurrió decir en el momento.

-En realidad sí. Se siente extrañamente… -se quedó pensativa unos segundos-. Libre.

-Sabes que puedes literalmente volar por los cielos en cualquier dirección que deseas, ¿verdad? –Respondí, incrédulo.

-Sí, pero cuando te acostumbras a algo tiende a perder un poco su magia. Se vuelve parte del proceso.

Entendía su punto, pero pensaba que estaba completamente loca.

-Si yo pudiera volar no dejaría que eso me sucediera.

-Bueno, has dejado que suceda con el caminar, y en este momento me parece más mágico que cualquier otra cosa.

Tuve que detenerme y mirarla, estaba siendo cien por ciento honesta, y yo encontraba eso terriblemente encantador. Ella también se detuvo cuando notó que yo lo había hecho y volvió su mirada a mí, intenté evadirla lo más sutilmente que pude (es decir, como un idiota nervioso) y elevé mi mirada al cielo.

-¿Qué? –Preguntó, riendo.

-Nada, sólo pensaba en lo amplío que es todo allá arriba –Mentí.

Se acercó a mí mientras decía:

-¿Nunca has estado allá arriba, no es cierto?

-¿Qué? No… Ese no era mi punto.

Se acercó aún más hasta estar cuerpo a cuerpo conmigo y volvió a sonreír, puso sus brazos alrededor de mi cintura e intentó levantarme, como si estuviera probando mi peso.

-¿Qué estás haci…

-Creo que puedo con esto –Me interrumpió, pensativa.

Entendí a qué se refería y entré en pánico, balbuceé unas palabras en negación pero de un momento a otro me encontraba levitando. Cerré mis ojos lo más fuerte que pude, mientras sentía cómo el viento golpeaba mi cuerpo con más fuerza. Todos y cada uno de los pelos en mi cuerpo estaba erizado en terror. Sabía que iba a caer y morir, no había forma que eso no fuera a suceder.

-Por favor bájame –Supliqué, pero fui completamente ignorado. Después de unas risas me susurró al oído:

-Abre los ojos.

Y así lo hice, lentamente, y no podía creerlo.

Estábamos por encima de todo. La ciudad se veía diminuta debajo de nosotros, y los picos de las montañas se veían tan cercanos que sentía que con solo dar unos pasos podría tocarlos. Las aves y demás personas volaban a lo lejos, y en el horizonte podía ver la curvatura de la tierra. Era increíble, cómo nada que pudiera describir.

-Me siento como Luisa Lane –Le dije, con lo que supongo fue una sonrisa estúpida de oreja a oreja-; tú eres mi Superman.

-Tomaré eso cómo un cumplido –Me miraba directamente a los ojos; se veía hermosa con la luz del atardecer que caía en el oeste. Una sonrisa se dibujó en su rostro y en ese momento no quería nada más que besarla.

Pero ella se adelantó.

Me besó y me sentí… libre. Una calma absoluta se apoderó de mi cuerpo; el apretado y asustado abrazo se convirtió en uno amoroso. Ella me soltó lentamente y yo… No caí.

FIN.

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