Prólogo de Inma Chacón

Que Tu Viaje Sea Largo

Cuando te encuentres de camino a Ítaca,
desea que tu viaje sea largo,
lleno de aventuras, lleno de conocimientos

—Kavafis

La vida es un largo viaje, metáfora que incluye innumerables paseos con gentes diversas y diversos aprendizajes.

Una bota de Palo Cortado en una antigua bodega de Jerez, el despertar adolescente a la filosofía, el divorcio del Derecho y la Justicia, la iniciación espiritual y los viajes a India, el mundo árabe y el periodismo, el amor, Andalucía y el Feminismo —son algunos de los hitos de este viaje.

“Que tu viaje sea largo”, inspirado por la Ítaca de Constantino Kavafis, es una colección de viajes. Consciente que la narrativa sólo existe para embellecer lo cotidiano — y que un mapa nunca es el territorio, — lo escribí en primer lugar para poner juntos los retales de una vida diversa.

En segundo lugar, escribí con la intención de entretener a quienes me acompañan en este viaje, pero sobre todo escribí para acercarme a todas aquellas personas que se que están ahí y son parte de esta historia. La idea es publicarlo antes de final de año, pero hoy quiero compartir la amable lectura de mi admirada Inma Chacón.

¿Qué decir de Inma que no diga su obra y sus acciones? Para mi, entre tanto bueno, su Tiempo de Arena, marcó un punto de inflexión en mi pasión por la lectura. Allí me sentí por primera vez personaje, y de aquella inmersión ilustrada nació este libro. En cierta forma —en ese tiempo de arena construí este viaje.

UN VIAJE A TRAVÉS DE LOS SENTIDOS
Inma Chacón
(Prólogo a ¡Que tu viaje sea largo! De León Fernando del Canto)

Dicen que el olfato es el único sentido que permanece invariable durante toda la vida, en contraposición con la vista, el oído o el tacto, que se degradan con el paso de los años; y con el gusto, que se modifica e, incluso, se puede educar. Es bastante frecuente que los niños detesten determinados alimentos, como la cebolla, las espinacas o la coliflor, que en la edad adulta pueden resultarles una exquisitez. La vista se cansa, el oído se pierde y el tacto evoluciona con las arrugas del tiempo. Sin embargo, los olores se instalan en la memoria de una forma indeleble: los lápices de colores, la tiza, la vainilla o el jazmín, olerán siempre a lápices, tiza, vainilla y jazmín, por muchos años que transcurran desde la primera vez que los percibimos. De ahí su capacidad para trasladarnos al pasado.

Evocar un olor es pedirle a la memoria que nos devuelva un instante, una emoción que puede repetirse, un primer paso, un alto en el camino, una meta, un encuentro o una despedida.

Evocar un olor es bucear en lo profundo de uno mismo, una búsqueda, un viaje interior que nos obliga a plantearnos lo sabido, lo que nos quedó por aprender y aquello a lo que hubiéramos preferido no tener que enfrentarnos.

Y así es precisamente como empieza León Fernando del Canto este texto, evocando el olor de un vino de solera, con el que emprende un viaje -yo diría que viaje iniciático- hacia su mundo interior. Un trayecto que comienza con el sentido del olfato y se completa con la vista, el tacto, el oído y el gusto, para transformarse en un viaje sensorial que irá cargando las páginas del libro de multitud de colores, de especias, de voces, de miradas y de largas sobremesas alrededor de una taza de té aderezado con clavo, canela, jengibre y cardamomo.

“Mi infancia son recuerdos de un patio de Jerez — dice el autor de ¡Que tu viaje sea largo!, parafraseando a Antonio Machado- donde también se crió mi juventud, y lo que a esa edad siguió. Andaluz, sí. Porque uno es de donde su alma se alimenta con más fuerza. Y mis memorias tienen sus raíces de allí, aunque especiadas con sabores, olores, sensaciones, imágenes y recuerdos de otras tantas partes del mundo, cuyos nombres recordar sí quiero”.

Y para recordar esos lugares, de los que siempre volverá a Andalucía, al menos alegóricamente, León Fernando del Canto estructura su novela como si cada capítulo fuese una parada de un viaje simbólico en busca de la verdad, la libertad y la justicia, una estación de tren donde este aprendiz de la vida encuentra a sus Maestros con mayúscula, aquellos que le dejaron una huella indeleble, como las que deja el olor; los sabios que le enseñaron a mirar de otra manera y desde otras perspectivas, a veces, a través del violeta que simboliza la lucha por los derechos de la mujer; los que le enseñaron a escuchar a los otros y a escucharse; los que le animaron a saborear la carne de camello o el pollo con biryani, un arroz preparado con cardamomo y azafrán; aquellos que le enseñaron a acariciar entre sus dedos las cuentas de un misbahah de ámbar amarillo, igual de ensimismado que acariciaba el cabello ondulado de su compañera de trayecto.

Recuerdos de un viaje ritual, a través de la filosofía, la poesía y la música, que llevará al autor de Oriente a Poniente; de la oscuridad a la luz; de la ignorancia al conocimiento; del concepto de la sociedad como una estructura patriarcal, a una igualitaria; de la India a una playa de Bolonia, de Israel a Sierra Morena, de los desiertos de la Península Arábiga al de Marruecos, de Qatar a Córdoba, Sevilla, Ginebra, Melbourne, Madrid, Marbella o Nueva York.

Un viaje metafórico en el que León Fernando del Canto trata de comprenderse y explicarse, en el que se plantea preguntas que a veces no tienen respuestas, en el que a veces se refugia en la meditación y otras, irremediablemente, se debate entre dos mundos, el del silencio y el del rugido: “Hacia occidente, la calma silenciosa del viento de poniente que se apagaba, y en oriente el silbar in crescendo de un viento de levante, que aumentaba su fuerza con el sol que ascendía (…). A veces ocurría que el viento agonizante de poniente aún quería soplar, como ocurría aquella mañana, y resultaba hermoso contrastar los dos vientos que se encontraban en esa punta donde Europa y África vivían cara a cara, donde el Atlántico y el Mediterráneo luchaban desde tiempos inmemoriales”.

La dualidad, las luces y las sombras, la razón y los sentidos, el ir y el volver, los deseos de fraternidad, igualdad y libertad, la armonía y sus contrarios que se van desgranando poco a poco en este hermoso libro, acompañarán al lector en este viaje a través de la memoria, de un lado a otro del mundo, un viaje identitario, veraz, sincero, limpio, donde también se adivinan el hueco y la pérdida. Un viaje hacia el origen de la búsqueda, hacia la “pieza perdida”, hacia el último porqué, del que se derivaron los siguientes, hacia la razón del desconcierto.

Y así, página a página, pregunta a pregunta, iremos conociendo retazos de una vida intensa y apasionante, hasta llegar a uno de los últimos capítulos, conmovedor y desgarrado, donde el autor encuentra la verdadera razón que le impulsó a emprender un viaje que, en sus propias palabras, “se mide por la compañía que compartimos y no por la distancia que recorremos”. Entre esos compañeros, he de agradecer que León Fernando del Canto me haya hecho el honor de incluirme, en un capítulo en él recuerda la lectura de una de mis novelas. Y, desde luego, hay que destacar la compañía de las ilustraciones de Mª Auxiliadora del Rayo, exquisitas, delicadas, reveladoras, que profundizan en las emociones que transmiten las palabras del autor en este viaje compartido.

Un viaje circular cuyo final es el inicio de uno nuevo, cuyo primer paso partirá del deseo que expresó Kavafis en uno de los poemas más sabios que se han escrito nunca, el que contiene el verso que eligió Léon Fernando del Canto para darle título a la “narración novelada de su memoria”: Cuando emprendas tu viaje a Ítaca, pide que tu viaje sea largo.

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