Don Julio Steverlynck: Un hacedor

“Don Julio” como lo nombran aún hoy 40 años después de su muerte en Villa Flandria, el pueblo que fundó, se caracterizó por ser un industrial cuya máxima preocupación no era ganar dinero, sino darle un estilo de vida inmejorable a quienes trabajaban en sus fábricas. Su vida fue un ejemplo, de esos que no se ven a menudo.

Don Julio Steverlynck

La historia de Julio Steverlynck se remonta al 04 de octubre de 1895, cuando nace en Coutrai, Vichte, Flandes, en Bélgica. En los primeros años de la década del 20, acompañado por sus dos hermanos, Leonard y Charles, viajaron de Bélgica a Argentina a cobrar una quiebra. Cuando llegó al país, quedó maravillado con el territorio y rápidamente puso en mente abrir una fábrica textil en territorio Sudamericano.

En 1924 Julio Steverlynck abría las puertas de Algodonera Flandria Sudamericana, en Valentín Alsina, con viejos telares que trajo de Europa. Si bien la idea de la familia Steverlynck era el regreso de Julio al país Europeo, hubo un rotundo cambio de planes. Julio Steverlynck regresa a Bélgica, pero solo para contraer matrimonio con María Alicia Gonnet y luego de sellar su casamiento, regresó a la Argentina y comenzó a dar forma a su sueño familiar e industrial, en un pueblo rural al que quería moldear con sus propias manos.

Algodonera Flandria S.A.

En 1928 decidió adquirir 28 hectáreas que costeaban el río Luján, a unos 7 kilómetros de donde hoy se encuentra la emblemática Basílica, conocido por entonces como “El Molino de Jaúregui”, lo que fue el inicio de Algodonera Flandria S.A.

Recordado por ser un gran pensador, el viejo Steverlynck, vio en ese molino abandonado y ese puñado de edificios en ruinas, una gran oportunidad de dar comienzo a su emprendimiento. Antes de adquirir las tierras, ya tenía en mente la forma de explotar el terreno, sabía que el río serviría para proveerle energía a la fábrica, mientras que la cercanía a la estación de trenes, lo comunicarían con el comercio.

“Mi padre pensaba. Pensaba todo el tiempo. Estaba meses o quizás años pensando en una obra, en una mejora o en la creación de una institución. Uno lo veía que anotaba y anotaba, hasta el día en que se decidía a poner en marcha su plan. En ese momento, ya tenía pensando no sólo que iba a hacer, con lujo de detalles, sino que también había contemplado los plazos, los materiales que precisaba, la mano de obra, la financiación. Así era como le salían las cosas. Recuerdo que se quejaba porque decía que algunos argentinos hacían las cosas y después pensaban”, asegura Joris Steverlynck, uno de los dieciséis hijos del matrimonio que formaron Julio Steverlynck y María Alicia Gonnet.

Apenas comenzó a funcionar la fábrica, Steverlynk notó una carencia en los alrededores, ya que no había nada para hacer después del trabajo, y el lugar preferido de sus empleados pasó a ser los boliches. Fue por eso que sin pérdida de tiempo fomentó la construcción de clubes, una parroquia y de numerosas entidades e instituciones que crecieron con el paso del tiempo. Tal es el caso del estadio Carlos V, en donde el Club Social y Deportivo Flandria, equipo de fútbol que milita en la B Metropolitana y que creció de la mano de Don Julio, hace sus presentaciones.

Equipo de fútbol del Club Social y Deportivo Flandria

Otra de las virtudes de “Don Julio” fue su relación con los empleados, además de ofrecerle salarios más que dignos, con beneficios que por entonces no existían en estas tierras, diagramó el tejido urbano. Con enormes facilidades, entregaba a sus trabajadores terrenos de 800 metros cuadrados para la construcción de sus viviendas. Carlos, ex empleado de Algodonera Flandria, asegura que gracias a Steverlynck pudo construir su casa y tener un trabajo de calidad. ”Vos terminabas el secundario y tenías trabajo garantizado en Flandria, Don Julio era un bocho”, Remarcó.

Steverlynck sostenía que podría haber ganado diez veces más de lo que ganaba, pero ese no era su interés central.

El visionario belga se fue de este mundo dejando una impronta difícil de contar en pocas líneas, el 28 de noviembre de 1975. Sus restos descansan junto a los de su esposa y varios de sus 16 hijos en el Camposanto de Villa Flandria.

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