Sonrisa oculta

“…Me gusta la gente capaz de entender que el mayor error del ser humano, es intentar sacarse de la cabeza aquello que no sale del corazón…”

Mario Benedetti

Ya saben cómo es esto del amor y los sentimientos que lo rodean. “Porque para el amor omnipotente, que todo lo transforma y transfigura…”, resumía Luis Bernárdez de la pluma al papel. La presencia del físico que se vislumbraba a lo lejos con delicadeza. El regalo de poder ver a esa mujer que disimula algo.

El tiempo le mostró que su presencia no sería de una sola ocasión, sino de un continuo cruce de miradas que se tradujo en el inicio de una fuente de diálogos apasionantes. La veía marcharse y algo le resentía en el pecho, era extraño, pero al final esa huella se convertía en una reflexión de cada noche hasta dormir.

Días, la palabra finita que deambula en su cabeza hasta advertir su presencia de nueva cuenta. Era la naturaleza de algo ilógico en su pensar, pero lo más sensato para todos. Había un rasgo dentro de él y no lo descifraba. Sólo le quedaba carcajear, echar un párrafo y lograr algo más de ella: una sonrisa, un beso, que sé yo de esto si no somos parte del asunto que sucedió.

Prometió estar, siempre y cuando el tiempo se lo permitiera. Entonces el pulso le aceleró el corazón y no lo quería admitir. “Algo me sucede”, se dijo a si mismo al verse al espejo ya listo para salir al trabajo. Una taza de café caliente era la excusa perfecta para retenerla un poco, mirarla detenidamente y detallar su seriedad conmovedora. Afirmaba que algo guardaban sus ojos: un recuerdo, una experiencia, o las ganas de ser un paso a la felicidad permanente.

De vida propia no eran similares pero las experiencias de los dos mostraban el engrane pequeño que suma a otro mayor. Las horas se agotaban, el tiempo no rendía y todo volvía a ser igual hasta llegar a una historieta en forma de espiral. ¿Qué más podría hacer para retenerla?, ¿volver al café y descubrir su madurez? ¿contar las horas otra vez? o mejor aún, ¿despojarle una sonrisa? Eso era algo interesante. Probó con ello y su misión lo arrojó a un contacto profundo que le mostró la historia de su vida. Indescifrable a la vez pero suave para su armonía.

“Quién soy yo para juzgarla”, repetía constantemente. Yo pude haber pasado por algo similar y lo que me sucedió fue su silueta en mi vida irracional. Su cometido seguía al pie del cañón –ganarle un gesto, pues ella aseguraba que no reía, le molestaba, y no quería manifestar hipocresía. Prefería permanecer estática.

Tiempo después él logró su objetivo pero eso le produjo un tremendo impulso de amor al corazón, a las ideas, a su forma de ver el mundo y su esperanza de ir a triunfar. Tal vez estaba enamorado, pero qué sé yo de eso si no soy consciente.

El nuevo encuentro lleno de orden en todo su alrededor trajo consigo un paso adelante, un estilo de misión que no se arrepentía de iniciar. Sabía que en ella habitaba una sonrisa oculta y volvía a caer el espacio de la emoción, sólo que no dejara de mirarla. Eso era todo.

Tw: @LevarioA

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