Cosas que no sé si pueda explicar

Aunque intentaré describir.

Improvisar una canción.

Tomo mi guitarra y trato de imitar melodías que escucho en canciones. Quizás sea mi falta de habilidad o la dificultad de las que escojo, pero dicha melodía se empieza a distorsionar en mi mente. Hay una delgada línea que se cruza muy fácilmente entre copiar y crear algo nuevo. Después de un rato no sé si lo que escucho es real, imaginario o de verdad mis dedos lo están creando.

A veces el pecho se me encoge. Otras veces hasta me produce ataques de ansiedad por memorias de otros años, personas y lugares; recuerdos activados por la música. Se siente como lo inverso a despertar de un sueño, el cual sigue frágil ante la lucidez: Si lo rompes racionalizando el momento (como intentar grabar la improvisación), los dedos olvidan las notas.

Ciclismo nocturno.

El frío de la noche, el viento, la velocidad, las calles y sus olores; los músculos ardiendo, las luces de la ciudad y algunas estrellas en el cielo; eso es salir en bicicleta por la noche.

Algunas rutas que tomamos les llamamos “subidas y bajadas” por sus pronunciadas pendientes, y porque también son montañas rusas emocionales. Durante la subida tu cuerpo sólo quiere colapsar en el pavimento, pero tu mente le niega la rendición. La bajada por otro lado es un derrame de adrenalina, una pequeña recompensa por el esfuerzo.

Otras veces la rutas son más planas y nos alejan de la ciudad, aunque siempre dentro de la zona metropolitana. Aun así, se pueden ver más estrellas en el cielo, el aire huele un poco más limpio y la noche es un poco más fría. La calle es más oscura y menos ruidosa. Sólo se escuchan los balines de las llantas rodar a ritmo constante, alguna que otra charla y la respiración casi sincronizada del grupo. Siempre vamos al pendiente de cualquier automóvil sin luces. También voy sin audífonos, aunque creo que lo hago porque a veces el mejor soundtrack son los propios ruidos del momento.

Clases de baile

Un poco como la música, pero el instrumento en este caso es el cuerpo completo. Los músculos se relajan, dejas de pensar y disfrutas del rato con los demás —un puñado de desconocidos—. También juega otro sentido estético: la vista. Bailar parece ser sobre cómo se escucha y sobre cómo te ves. «Mírate en el espejo hasta que te guste lo que veas», me dijo el instructor porque mis pasos eran muy mecánicos. Sinceramente me dio un poco de terror, pero resultó en uno de los mejores consejos que he recibido en la vida.

Bailar en pareja es algo muy intimo. Hay quien cree que se puede separar esa parte, que se puede bailar sin intimar, como si fuera impersonal; yo no lo creo. Se trata de obtener la confianza del otro por al menos una canción.

Salir a correr

Correr es una actividad más solitaria, casi introspectiva. Durante los primeros minutos se siente una fatiga, como si tu cuerpo quisiera sucumbir ante una pereza imaginaria, pero una vez que pasas los 5 minutos las piernas se mueven por sí solas.

Los primeros 10 minutos se sienten como 40. En realidad el cuerpo aun sigue calentando, pero para entonces ya recorriste bastante y es agradable ver casas diferentes. A los 15 minutos ya estás lo suficientemente retirado de tu colonia como para sentirte “lejos” de casa. Además me gusta correr de noche para luchar contra mi insomnio y reírme de la cara de incrédulos que ponen los pocos peatones nocturnos.

Los músculos arden después de 30 minutos (o más, dependiendo de tu condición) y para entonces tu cerebro está nadando en adrenalina. Duele, pero lo disfrutas. Pareciera que tomas por terapia algo que bien podría ser una tortura. Dicen que la meditación es todo lo que una mente necesita para relajarse. Tal vez, pero las voces de mi cabeza no se callan tan fácil, por eso necesito ahogarlas de vez en cuando. Después de 45 minutos tu mente está más en blanco que la de un estudiante de Yoga.

Programar

Para mi programar es una artesanía. Te sientas con algunas ideas sueltas y las vas aventando en un editor de texto como te van saliendo. Sé que quiero de resultado, pero nunca lo visualizo a detalle como se verá el código final.

Sé como hacer queuna maquina haga lo que yo quiera que haga, pero salvo el diseño general de un proyecto, que hago en papel y a consciencia, cuando escribo las partes individuales no tengo mucha idea de los pasos que doy.

Por cierto, hablar de escribir “código” siempre me ha parecido impreciso. Decirle a una computadora qué hacer no es tan mecánico como parece, es más como preparar una coreografía. Las instrucciones son tan precisas como las matemáticas, pero organizarlas y sincronizarlas es el verdadero arte. Quizás por eso es difícil para un programador dar tiempos exactos de desarrollo, porque nunca sabes qué parte de tu orquesta se puede desafinar con el siguiente movimiento que preparas. Sin embargo cuando terminas de construir y el artefacto funciona como lo esperabas, te da la satisfacción de haber levantado puente entre dos islas lejanas.