Basinski

A pesar de la rigurosa y perfectamente hilvanada programación del festival, Basinski, como buena diva, se hizo esperar. Lo que nadie imaginaba es que lo fuera a hacer con una pésima calidad de sonido que casi le cuesta parte del aforo. Y digo casi porque nadie se atrevió a salir de la sala. Es más, para el asombro de propios y extraños, fueron muchos quienes aclamaron su interminable primer tema con aplausos. No sé si algunos dando las gracias porque la tortura Sonora hubiera por fin terminado.
 Puedo sonar excesivamente dura. Pero es que Basinski pone el listón muy alto. En el primero de los dos temas que tocó era todo un despropósito que uno de los arreglos que no dejaba de sonar estropeara lo que por lo demás era una preciosa composición. De manera que cuando por fin terminó, solo pude sentir alivio. Y cuando empezaron a sonar las notas de melancolía no pude haber estado más satisfecha ante mí estoicismo al haber logrado no abandonar la sala largos minutos antes. Ahora sí que merecería la pena estar rodeada de gente y de pie. Bendita incomodidad. Su universo sonoro nos transportó a lugares de extrema felicidad y paz sólo alcanzables a través de la meditación o la intimidad más absoluta. Tan solo la cegadora coreografía lumínica lograba restarle cierto encanto. Pero Basinski, enfundado en su elegante smoking de lentejuelas negras, gafas de sol y chapa brillante, nos hizo olvidar todo lo malo que hay ahí fuera por unos minutos. Y fue maravilloso.

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