Comida reconfortante
Aunque la adopción del término sea relativamente reciente, siempre hemos sido grandes amantes de lo que los anglófonos llaman comfort food. Sea en su variante casera con los platos que nuestras madres nos hacían cuando estábamos pochos o para darnos un capricho, o cualquier magdalena proustiana, o bien en su modo comida basura pobre en sustento y rica en sabores. Así, el rango es tan amplio como los gustos personales y si preguntamos a los que nos rodean la lista será prácticamente interminable: patatas nuevas con guisantes, huevos escalfados, macarrones con tomate, corn flakes con leche, pollo al horno, litros de helado de todos los colores, chocolate, chuches, turrón, panteras rosas… Cuando necesitamos un abrazo más de lo normal recurrimos a nuestra comida reconfortante para sentirnos un poco mejor. Volvemos a la infancia, a nuestra pequeña camita al final del pasillo desde donde oímos a nuestra madre en la cocina, trasteando con los útiles de guerra que tantas alegrías culinarias nos darían. Volvemos a aquella aparentemente interminable etapa cuando éramos invencibles porque nada malo nos pasaría gracias a nuestra mamá. Ella nos cuidaba en la salud y en la enfermedad y nos peinaba con colonia. Elegía nuestra ropa y nos sorprendía con besos y achuchones, piruletas y pequeños muñecos de goma. Nos secaba cual chuchillos al volver de la calle lluviosa y nos abrigaba con mantitas y verdugos. Incluso añoramos los brebajes y supositorios. Todo ello formaba parte de nuestra patria, la infancia.
