El hombre que acecha entre los matorrales

Su época preferida es la primavera y el otoño. También le gustan las horas tempranas de los días de verano. El frescor matutino le protege del calor abrasador que le mantendrá en casa el resto del día y hasta bien entrada la noche. Hablamos del hombre que acecha entre los matorrales a jóvenes desprevenidas y niños para asustarlos. Le produce un inmenso placer y alimenta así su hambrienta parafilia que no deja de crecer.

De pequeño siempre le contaban que debía tener cuidado con el hombre del saco y que bajo ningún concepto debería nunca aceptar caramelos de desconocidos. Tuvo una adolescencia bastante dura. A nadie gustaba y mucho menos a sí mismo. Veía cómo los demás compañeros conseguían afecto en forma de arrumacos de sus congéneres femeninas sin necesidad de esfuerzo ninguno. Mientras él quedaba relegado a mero espectador. Y la verdad, no le importaba. Cada vez se sentía más cómodo en su papel de mirón o voyeur, que suena siempre más exótico. Entonces comenzó a desarrollar sus dotes de espía de lo cotidiano. Aprendió a valerse de esquinas, zonas oscuras, agujeros y vegetación como cobijo para sus aventuras voyeurísticas. Ya no se conformaba con apropiarse en secreto de cuanto ocurría a su alrededor si no que lo propiciaba de forma cada vez más desesperada. A veces se asustaba de los extremos a los que estaba llegando. Hacía ya tiempo que había abandonado el respeto por la intimidad de los otros y cruzado la frontera de la legalidad. Incluso tendía al espionaje incestuoso cada vez con más asiduidad. Entonces se metía en su cuarto, bajaba las persianas y se acurrucaba bajo las sábanas en posición fetal. Empezaba a castigarse con los pensamientos más horribles y se autoconvencía de ser un auténtico monstruo. Sabía que debía alimentar a la bestia que llevaba dentro mientras esta cada vez tenía más control sobre su vida. Y de alguna manera, en lo más recóndito de su ser, sabía que de no hacerlo acabaría haciendo alguna locura. De las de verdad. De esas que salen en los periódicos y las noticias entre testimonios de vecinos que lo tenían por un chico muy responsable y educado. Algo tímido y solitario, pero incapaz de matar una mosca y menos a toda su familia y después comérsela.

Así que ahora, alcanzada ya la cuarentena, pasaba sus mañanas entre los matorrales, esperando incautas para asustarlas y así evitar un parricidio.

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