El refugio que da vino a los alcohólicos

Se encuentra en Canadá, cuya población Inuit tiene una prevalencia de alcoholismo altísima. En buena parte debido a la pobreza extrema y a la desgarradora separación de los niños de sus familias, que desembocó en abusos infantiles de todo tipo a manos de los colegios regidos por religiosos que pretendían occidentalizarlos. Años después el alcohol se convertiría en su tabla de salvación emocional, intentando olvidar con él esos largos años de mal trato a golpe de botella de Cherry. Una de las ofertas alcohólicas más rentables por su relación grados de alcohol vs precio junto con el Listerine.

Muchos de ellos, tras el atracón etílico, acaban tirados en medio de la nieve, sufriendo importantes quemaduras en las extremidades. Heridas que tardan en curar muchas veces por la diabetes derivada del consumo crónico y en todo caso por seguir pernoctando a la intemperie y no seguir un adecuado tratamiento médico, ya que dejan de tomar sus antibióticos (“¿qué antibióticos?”) en cuanto se vuelven a emborrachar a las pocas horas de pasar por el médico.

Hasta hace relativamente poco, una década, este era el único escenario posible. Ante la falta de alcohol en los albergues, los enfermos terminaban abandonándolos para poder conseguir su gasolina etílica. De manera que dejaban de lado su recuperación, e iban arrastrando innumerables problemas derivados de su alcoholismo y sus precarias condiciones de vida.

Entonces, para conseguir que un paciente se quedara más tiempo y así tomara su medicina, se le administró una dosis de vino. Y funcionó. Y se decidió empezar a utilizar este método en aras de la mejoría de los alcohólicos. Al principio fue todo muy caótico. Abundantes disturbios debido a que mucha gente llegaba ya alcoholizada a su toma diaria. Se empezaron a poner reglas que lo impidieran. Solo podían recibir su dosis diaria las personas que llegaran sobrias a las 9 de la mañana. Y lo recibirían a las 9:30. El resto del día, allá ellos. Pero el centro se responsabilizaba de dárselo estando sobrios, y como acicate para que se quedaran en un lugar salubre donde pudieran recibir su medicación y mantener una calidad de vida digna.

La iniciativa fue muy criticada, especialmente desde los E.E.U.U., donde ven la abstinencia plena como única excepción. Incluso se bromeó diciendo que era como suministrarle niños a un pederasta. Nada más lejos de la realidad.

En líneas generales, el consumo de alcohol ha disminuido notablemente. Al menos el oficial. En el centro solo consiguen 2 tomas diarias de alcohol, frente a las 46 que muchos solían tomar. Su ingesta en el exterior no es controlable, pero se sabe que es mucho menor de lo que cabría esperar. La estancia y el tratamiento se paga con sus pensiones. La gran mayoría de ellos sufren lesiones cerebrales que les incapacitan de por vida para trabajar. Se calcula que un alcohólico crónico tiene una esperanza de vida veinticinco años menor que una persona no alcohólica. Cuanto antes se frene el efecto del alcohol, mejor. Pero los jóvenes aún siguen viendo este refugio como un lugar para mayores, siendo los 39 años la edad más baja.

Entre los residentes del refugio se encuentra un artista inuit cuya obra está expuesta en el Museo de Arte Canadiense, y un documetrajista que había recibido formación de piloto. Gentes que tuvieron familia, amigos y trabajos y terminaron perdiéndolo todo. Y puede que ahora tengan una nueva oportunidad con esta excepcional iniciativa que debería empezar a replicarse en el resto de países.

Puedes leer más en: http://www.theguardian.com/society/2016/apr/26/homeless-shelter-ottawa-gives-wine-to-alcoholics

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