Frío

No tiene huesos. Repetía mi abuela en días como el de hoy. Y cuánta razón tenía. Al igual que la tristeza, aguarda en las esquinas, listo para un ataque frontal cuando menos lo esperas y más vulnerable eres. Ya puedes ponerte ropa de abrigo, infinitas mantas o la mejor de tus sonrisas; el frío aprovechará la más pequeña de las rendijas para meterse entre tus huesos, igual que la saudade se apoderará de tu mente incluso en los mejores días de sol más radiante. Traicioneros y siempre acechantes, son algunas de las pocas cosas con las que siempre puedes contar llegado cierto punto del año. Eso, y sus extremos opuestos, claro está. Igual que los días buenos, los malos también pasarán, dejando lugar a días de exultante esplendor primaveral, promesa del tan esperado buen tiempo y alegría estivales.
 
 Pero cuando te hallas inmerso en lo más duro del invierno o de tus pensamientos, parece del todo imposible que las cosas vayan nunca a cambiar. Más bien al contrario. Cuando parece que hace mejor día, sales a la calle esperanzado y hace un frío que te corta la carne. Tu cabeza parece estar a punto de estallar, plagada de los más turbios y enfermos pensamientos. Todo parece estar en tu contra, y ni siquiera buscan el alivio en la compañía de tus congéneres. Te niegas cualquier placer terrenal, para reproducir el oscuro mundo dentro de ti en el exterior. Nada de disfrutar. No lo mereces. Y, en todo caso, ya no lo sentirías. Como cuando se te quedan las manos anestesiadas por el frío, tu umbral de placer se ha disparado y prácticamente nada puede llegar a alcanzarlo. Frío por fuera y helado por dentro. Tan sólo de vez en cuando el deshielo hace que broten lágrimas conectando ambas oscuridades.
 
 Benditas válvulas de desahogo. A pesar de lo perseguidas que están, son nuestras mejores aliadas para liberar oxitocina y dejarnos una agradable sensación de descanso y abrazo emocional tras unas cuantas derramadas. Como una buena mentira o taza de chocolate caliente en lo más crudo del invierno, las lágrimas son nuestras mejores amigas. Empáticas, liberadoras de tensión, expresión de nuestras inevitable humanidad.
 
 Para cuando empiecen los primeros deshielos, nuestra capacidad de sentir placer ya habrá empezado a reestablecerse. Cosas como ducharnos o salir de casa ya no supondrán más que rutinas estupendas de nuestra recuperada vida. Las pequeñas cosas nos harán disfrutar cada día más y mejor de nosotros mismos y de los demás. Nos fundiremos con el entorno de manera casi perfecta. Volviendo a sentir esa fusión tan reconfortante. Y todo saldrá bien.

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