Las cosas de la azotea

Salí defectuosa. No en apariencia (lo justo, como casi todos), sino por dentro. En lo que viene siendo la almendra o sesera.

Es algo que la matrona no acierta a advertir durante ese maravilloso momento mágico en el que la cuenta esencial suma 20. No hay ninguna manera de poder decirle a la recién estrenada madre amantísima que acaba de dar a luz a una pequeña larva de ser humano en sus perfectos cabales. No la hay.

De manera que el pequeño infante larvario va pasando por las diferentes etapas de su desarrollo extrauterino. Muy complejas y costosas energéticamente en nosotros los humanos. Y puede ir dando el pego e incluso despuntar en muchos aspectos. Pero eso no es ninguna garantía de equilibrio mental, ni muchísimo menos. Hay ciertas patologías que enseñan las garras a tempranas edades. Que ya se necesita ser cruel. Esas son mejor aceptadas socialmente al ser tan aparentes. Más que mejor aceptadas, son mejor creídas. Puesto que ese es el gran lastre de las enfermedades mentales, que en la mayoría de los casos no llevan implícita una correlación aparente al ojo vecinal. Que no se te nota, vamos. Que de igual manera que un resfriado presenta mucosidades y demás bondades carusiles, el estar un poco pa’llá no suele ir asociado a un aumento de la tos o unos niveles elevadísimos de la azúcar, que diría cualquier transeúnte.

De manera que en muchas ocasiones queda relegado a un acto de fe por parte del interlocutor, a menos que te pongas ya en modo brote psicótico blandiendo un cuchillo jamonero. Pero tampoco es plan de tener que ir asustando al personal solo para que te tomen tan en serio como si de un cancer se tratara. Entre esto y el efecto tabú de todo lo mental no hay manera de caminar con la cara totalmente levantada por la calle.

Tratar de encajar en un mundo lleno de estándares, extensísimas vidas sociales y raseros francamente absurdos estando mal de la quijotera es prácticamente imposible. Y supone un desgaste inusitado para los otros, los normales (ja), quienes te miran con una mezcla de pena y simpatía y piensan que eso se soluciona picando o que es una patología que no afecta a los pobres. Y entonces uno se queda pensativo, reflexiona hasta el dolor de cabeza y llega a plantearse si no estarán en lo cierto.

Por supuesto que todo suma y es matizable. Y las circunstancias son definitivas. Pueden ayudar a atenuar y sobrellevar lo de estar regular de arriba si son óptimas e incluso precipitar la aparición de la enfermedad cuando son adversas. Pero la otra parte, la que no depende de ellas y cuyo porcentaje es mayor o menor pero en términos generales muy alto, esa tira mucho.

Solo con comprensión, tolerancia y divulgación médico científica se conseguirá vivir más en armonía con la parte de locura que a cada cual nos ha tocado.