Me, myself and I

Me leo y no me reconozco. Es un diario de sueños a medio hacer. Puede ser por eso, por tratarse de memorias de cosas que en realidad nunca existieron. De ahí mi extrañeza tal vez. Pero resulta francamente inquietante. No me reconozco. ¿Seré realmente yo?

La persona que transcribió esos sueños hace tiempo que dejó de existir. Y eso sin entrar en lo efímero del tema tratado. De ahí que el documento sea extraño. Absolutamente impersonal y disparatado. Y sin embargo una vez fui yo.

¿Cuánto queda de nosotros si nos comparamos con nuestra versión de diez años? Sin la experiencia ni el conocimiento adquiridos. ¿Es esa nuestra esencia, o tan solo el punto de partida? Unos prefieren distanciarse de ese niño, casi renegando de él, para centrarse en la adultez absoluta. Se obstinan en hacer cosas de mayores. Beben café, leen kilométricos periódicos, toman copas con los amigos. Incluso se meten de lleno en el hecho reproductivo. Deseando enterrar cualquier atisbo de niño de diez años para nunca volver a mirar atrás.

Otros, en cambio, se aferran a él y lo cuidan con esmero. Así, cultivan sus verdaderas aficiones, las cosas que les hacen felices. Se emocionan con las pequeñas cosas de la vida. Las que importan de verdad. Un día de sol y paseo, una tarta imposible multicolor, las canciones de sus grupos favoritos, ese comic nuevo que acaba de salir. El brillo de los ojos recién abiertos por la mañana y las sonrisas infinitas.

Los miedos siguen presentes en ambos enfoques. Pero unos siguen a flor de piel mientras los otros se van escondiendo bajo capas y capas de supuesta madurez. Así, tendremos miedo al miedo, a volar, a la oscuridad, a los monstruos de los armarios o al sinsentido vital. Por ejemplo.

Según pasemos por las etapas habituales e inevitables biológicamente hablando, la tensión interna nos irá moldeando, adaptándonos como buenamente podamos a las circunstancias que nos rodean y que nos hacen en gran medida ser como somos.