Pesadilla en la piscina I

Como cada día, se puso el abrigo y las botas y bajó a la calle para ir a la piscina. Tan solo tenía que cruzar la acera. Era una de las grandes ventajas de su emplazamiento. Su cercanía no daba cabida a la pereza.

Era el primer día de frío invernal. Ya se podía hacer vaho y fingir que se fumaba para hacer reír a los niños. Por suerte había cogido un par de guantes de manera que apenas notó la bajada de temperatura.

Estaban todas las luces encendidas pero no había nadie a la vista. Así que pasó hacia el vestuario sin poder emitir el preparado buenos días habitual.

Bajó las escaleras y encendió la luz. Había algo diferente pero no alcanzaba a identificarlo. Con cierta parsimonia se desnudó y guardó la ropa en la taquilla. Automatismos diarios con perfección de reloj suizo. Ahora tocaba dar la vuelta a las taquillas para coger el bañador y el albornoz. La secuencia rutinaria se vio interrumpida al girar la esquina y contemplar con horror el cuerpo sin vida que ahí yacía. En un charco de sangre, la cabeza tan desfigurada que solo pudo reconocerlo por el bañador. Era un señor mayor que solía nadar a la misma hora, pero en la otra piscina, en la caliente.

Tras unos segundos de lividez extrema por fin pudo reaccionar. A duras penas contuvo un grito de terror, sabiendo que su vida podía depender de ello. Según sus cálculos el asesinato debía haberse producido hacía escasos minutos. No había sido testigo de puro milagro. ¿Y si seguía en el vestuario?

Decidió actuar con la mayor normalidad posible. Fue hasta el perchero intentando no resbalar en el charco de sangre, cogió su bañador y su albornoz y se los puso como buenamente pudo. Las manos le temblaban como flanes.

Las chanclas ensangrentadas fueron dejando un reguero rojo a su paso. Apenas podía subir las escaleras por la tensión. La luz se apagó a su espalda. Le pareció oír un ligero jadeo proveniente de abajo según cerraba la puertecita de cristal. Echó a correr nada más alcanzar el rellano.

El pasillo que unía la instalación con la calle nunca le pareció más largo. Hacia la mitad tropezó y cayó al suelo. Apartó con horror el brazo que le había hecho la zancadilla y se levantó como pudo.