Río frío

Al bajar ese último tramo de Génova antes de llegar a Colón nunca más volveré a disfrutar del olor a croissants recién hechos. Las distinguidas prostitutas de la zona ya no harán sus descansos en las mesas más apartadas del local, un poco a espaldas del hipócrita mundo. Su bolsa de clientes a escasos metros, disfrazados de gentes de bien. 
 
 ¿A dónde irán ahora? Huérfanos de cantina. Cara cantina de alcurnia. De toda la vida. De gente de Madrid de toda la vida. Punto de encuentro para muchos. Lugar de comida familiar de fin de semana de parejas un tanto feúchas y familias algo regordetas. Y, al fondo, siempre, las putas. Sus más fieles clientes. ¿A qué pudo deberse entonces la debacle?
 
Llevaban ya tiempo sin pagar a sus empleados. Y eso era algo insostenible. Incluso para un establecimiento como este. Eterno, parecía. Por eso me llevé tan amarga sorpresa al enterarme. Ni me atreveré a pasar por esa esquina en mucho tiempo. No me gustan estas cosas. Por antipáticos y siesos que fueran, durante largos años fue una constante en mi vida. Una apuesta segura. Una especie de útero incómodo donde buscar cobijo cuando las cosas iban regular. O simplemente había hambre. O había un cumpleaños que celebrar. De aquella cuando se tenía trabajo. Con cuantísima ilusión iba cargada con mis viandas a la mañana temprano para sorprender a los compañeros. Que de compañeros poco tenían, pero para darle al pico no había reparos.
 
 Parada obligada para un capricho de fin de semana en forma de palmera de chocolate y pastitas de colores, aún quedaron muchas cosas por probar. Objetos de deseo futuros que ya nunca serían probados. Incluso algún pollo asado extemporáneo a la vuelta de un paseo. Y qué rica ave. Pero. Nunca más.

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