Mayordomía del tiempo en tiempos de redes sociales: yo quiero mi latita con hilo de algodón.

No sé si a muchos le pasa como a mi. Pero la vida no me alcanza si sigo las notificaciones de las redes sociales, los rings de los mensajes de texto, los sonidos de WhatsApp y además seguir leyendo los correos electrónicos. Siento que cada vez estamos más lejos de comunicarnos en la gran era de la comunicación. Es que mucho no significa bueno, y la exageración nos está aislando cada vez más. Medio en chiste, medio en serio, me quejé con una amiga y compañera de viaje sobre su celular en medio de la noche. Un destello parpadeante en la oscura habitación de hotel que compartimos parecía el despliegue de varios paparazzi detrás de alguna figura del jet set. Pero no. Se trataba de la señal para las notificaciones de las redes sociales. Soy fóbica a la luz, a los ruidos, a los tumultos de personas, a la gente que no presta atención cuando le hablas, a la inundación de mensajes, al constante corrimiento del límite de lo privado y lo público. Aunque me muestro amigable con la tecnología y se puede decir que es una de mis pasiones, también es una de las cosas que más me separan de las personas.

Que en medio de la noche suene un celular o destelle su pantalla me puede causar un trauma por todo el día. Me levanto malhumorada. Llevo los ojos achinados por varias horas. No me concentro en lo que estoy haciendo y elucubro maneras de evitar que estas señales del éter me perturben. Soy fan de la creación y considero que si Dios hizo que la noche sea oscura y silenciosa yo no soy quien para cambiar ese hecho.

Mayordomía de mi tiempo
Una de las cosas que pesan sobre mi es administrar bien el tiempo. Por muchos años viví esclavizada en la tensión de los tiempos que se van, que no alcanza la vida para hacer todo lo que se planea. Hasta que algunas personas empezaron a sembrar en mi mente y corazón aquello que dice: “Si no puedo terminarlo hoy, es que no era parte de mi día”. Confieso que me pone de mal humor la gente que piensa así. Pero pronto descubí que algo de razón tienen. Empecé por hacer un recuento sobre qué cosas me distraen, me quitan tiempo o simplemente ocupan lugar. Soy periodista y la comunicación es mi segundo nombre. Así que levantarme a la mañana, lavarme la cara, mirar los correos y desayunar siempre iban juntos. Cuando desayuno, ¡claro! Puedo dejar de desayunar, pero no de leer los mensajes de las redes sociales y los correos electrónicos.

Un día me di cuenta que mis tiempos estaban determinados por: el email, la lectura del diario, las notificaciones del grupo de oración que llegan en la noche, las notificaciones de WhatsApp del equipo de trabajo internacional de uno de los ministerios con los que trabajo, más notificaciones de las redes sociales, las llamadas perdidas (que cada vez son menos perdidas porque ya no hay llamadas) y una lista interminable de acciones que tenían que ver más con terceros que conmigo. Ya no estaba administrando mis tiempos, otros lo hacían. Lo que es peor, lo hace un aparato tecnológico, ni si quiera una persona o varias. Así que decidí silenciar lo más posible las distracciones que son las causales de mi improductividad, mi ausencia consentida y mi estrés galopante y febril por saber qué sucede en el mundo. Si después de todo, lo monitoree o no, las cosas siguen pasando igual. Entonces, vivamos más relajadamente.

Esta decisión me dio tiempo para abrir más seguido mi Biblia, que por cierto, la uso en el celular y descubrir lo que Dios dice sobre administración o mayordomía. Una palabra que no voy a olvidar, porque curiosamente cuando entendí cual era el llamado de Dios para mi vida me encontraba en una conferencia escuchando hablar sobre mayordomía económica y a mi se me hizo un claro absoluto. Las fichas sueltas se juntaron y empecé a ver diferente. Vuelvo a la mayordomía del tiempo…

La figura del mayordomo es la de un trabajador que es responsable de la administración de los bienes de su señor o jefe directo. Este jefe es a la vez el dueño o propietario de todos los bines que le son encomendados. Hay otro elemento a considerar y es la relación que se da entre este señor y su mayordomo o empleado. La idea es que no se trata de una relación fría, sino más bien una relación muy estrecha de confianza, amor y gran fraternidad.

De igual manera somos administradores de la vida que tenemos, los bienes que poseemos y las relaciones en las que nos vinculamos. Dios al crearnos nos dio esta responsabilidad de administrar todo lo que nos rodea, incluyendo el tiempo. La rendición de tiempos es importante. Si le doy el diezmo de todo, debería pensar en darle al menos 2 horas 24 minutos al día, es decir 2,4 horas diarias. Bueno sería poder tomar ese tiempo para desarrollar mi relación con el Creador mismo. Arranquemos el día con un débito de 2,4 horas para Dios. ¿Una hora más entre el aseo personal y el desayuno? Van 3,4 horas. Al menos una hora para ir al trabajo (hay quienes viajan mucho más que eso). Si sumo la de ida y vuelta son 5,4 horas de las 24. Más unas 8 horas más de trabajo, más la hora de almuerzo, son 14,4 más las 8 horas de descanso son 22,4… o sea ¡Me queda sólo 1,6 horas (1 hora 36 minutos) para mis emails, whatsapp, notificaciones de redes sociales, y hacer las compras, llevar a cortarle el cabello al perro, asistir a la iglesia, tomar mis clases semanales de música… ¡Ey! ¡Paren al mundo, me quiero bajar.

Cuando tomamos conciencia de la cantidad de tiempo que se nos va con mensajes de texto, whatsapp, notificaciones de redes sociales, y cosas semejantes, nos podemos dar cuenta que algo estamos haciendo mal. Más aún cuando llegan las consultas a medianoche y las respondemos. Ahí ya estamos robando tiempo a nuestro descanso.

Por eso la próxima vez que quieras enviarme un mensaje, por favor, tu que tienes mejor manejado el tiempo, ayúdame a no perderme en él. Si lo que me envías va a robar minutos improductivos de mi escaso tiempo, te agradezco no me lo envíes. That’s it! Simplemente así.