Érase una vez… en política


A los niños les encantan los cuentos y son expertos en desenmascarar al que, creyendo que por pequeños son poco listos, trata de engañarles. Sin embargo, a medida que crecemos nos alejamos del mundo de fantasía de las historias para adentrarnos en la realidad: dejamos de creer en los cuentos.

¿De verdad? Porque, a sabiendas de lo no real de los mismos, los seres humanos gastamos ingentes cantidades de dinero (a nivel mundial) en contar (y que nos cuenten) historias. La publicidad, el cine, la literatura, los videojuegos, la televisión y, sobre todo, internet conforman una realidad paralela a nuestra vida dónde, de manera consciente, vivimos experiencias que no son nuestras, si no más bien que forman parte de nuestro deseo o miedo, de nuestra simpatía o rechazo.

Las grandes marcas (los que más se gastan en contarnos cuentos) siempre han utilizado este recurso para hacernos sentir y formar parte de un recorrido juntos. El resto se ha dedicado a contarnos beneficios o características… todo muy aburrido y que ya no funciona. El marketing, la publicidad, vuelve de nuevo la mirada hacia los cuentos para convencernos, entusiasmarnos, vendernos productos, servicios, puestos de trabajo o políticas.

¡Ah, los políticos! Muchas veces han pecado de contarnos aquello que ellos creían que queríamos oir y no siempre han acertado. Haciendo un paralelismo con la vida, al principio de la democracia les escuchamos ilusionados como niños, imaginando ese mundo feliz ofertado por los candidatos al poder; más tarde, los adolescentes no creemos lo que dicen y, de hecho, desafiamos lo establecido. Nos sentimos mucho más identificados con vivir la historia y cambiar el mundo, que con dejarnos llevar por lo “políticamente correcto”. Al llegar a la madurez el escepticismo se adueña de nosotros y cuentos…. los mínimos. Y esto nos lleva a resolver nuestras decisiones políticas más votando “en contra de”, que ” a favor de”.

Es verdad que en épocas de incertidumbre nos volvemos inseguros y, como niños, retrocedemos a posiciones en las que buscamos que nos digan aquello que queremos oir. Es fácil saber qué nos preocupa de manera colectiva y lanzar consignas que resuenen con nuestros miedos y rechazos. Dichas consignas suelen lanzarse desde lo “no positivo” (quiero escribirlo así), desde el diagnóstico (“los políticos son corruptos”, “la economía está en manos de la banca”, “todo está mal”, “todo debe ser cambiado”) y sobre todo desde el pensamiento individual y egocéntrico del adolescente. En cada esquina surge la soflama en la que no falta la invocación a los derechos, sólo a los derechos. A lo largo de la historia este planteamiento ha dado grandes réditos tanto a la izquierda, como a la derecha. Pero todos hemos oído ya demasiados cuentos…

Frente al discurso que invoca al culpable, al miedo al ataque, al rechazo, a votar “en contra de”, al diagnóstico sin tratamiento, lo que realmente se hace necesario es un discurso de soluciones, de cambios, de evolución. Necesitamos que un héroe, el bueno, gane de una vez. Queremos oír cuentos que se hagan realidad, en los que la coherencia en el discurso esté acompañada de la coherencia en la acción. Llevamos demasiado tiempo escuchando el mismo cuento, lleno de villanos con su camarilla de aprovechados, que no conoce fronteras, que no conoce ideologías.

Buscamos al héroe, pero no desde la perspectiva de salvación (bueno, algunos puede que sí) si no desde la altura que permite ver que los actos heróicos deberían ser cotidianos en política. Queremos un Lancelot puro de corazón, pero con ideas y capacidad de gestión (puestos a pedir). Queremos una Mesa Redonda que piense más en el bienestar del pueblo que en el propio, más en lo colectivo que en lo individual, más en ganar guerras (contra la pobreza o la desigualdad, por ejemplo) para permitir progresar a largo plazo, que en ganar batallitas sobre adversarios con la simple finalidad de mantenerse en el poder. El héroe (los héroes) que buscamos deben tener una capacidad de entrega infinita, sin esperar nada a cambio más allá del deber cumplido. ¿Difícil, eh? Pero por eso son héroes.

La imagen que inicia este post muestra a un grupo de jóvenes políticos españoles representantes de los principales partidos. No están todos, pero si aquellos que más se dejan ver y más parecen dispuestos a ser Lancelot. Pero yo soy la narradora del cuento y tengo la prerrogativa de salir de él y decir lo que pienso de cada uno de ellos.

No conozco el discurso que pueden tener los jóvenes del PP, sólo lo que muestran desde el gobierno. Y el gobierno parece estár viviendo el cuento de “El Traje del Emperador”. Puede que ellos tengan la sensación de hacerlo muy bien, aunque cuadrar las cuentas no basta y mover ficha sólo por lo que dicen las encuentas es… demasiado cuento: falta POLITICA. El emperador no tienen traje, pero nadie se atreve a decírselo.

Pablo Iglesias es como el zorro del cuento de “Pinocho”: todos terminaremos encadenados y con orejas de burro, si nos dejamos llevar por su palabra suave y su verbo encantador. El fondo de su propuesta es o absurda, o impracticable o terrorífica.

Pedro Sánchez no es Bambi (ese era Zapatero), pero es Tambor: simpático, con mofletes que apetece pellizcar (en realidad a muchas señoras les/nos apetece otras cosas, pero este no es un post sobre atractivo masculino), pero un personaje secundario al fin y al cabo.

En Izquierda Unida quieren ser “Robin Hood”, pero se quedan en la parodia del personaje que sale en Shrek: ¿un inglés que habla francés? No. Un partido del siglo XXI que habla como en el XIX. Con propuestas temerarias y apuntándose a todo lo que pueda sonar a “ismo”. Sea lo que sea.

Sólo me queda un posible candidato a Lanzarote del Lago: Albert Rivera. He estado un buen rato buscando un defecto a su presentación y planteamientos y no encuentro muchos, la verdad. Es un tipo preparado, con los pies en el suelo, ¡con sentido común!. No tiene la voz de barítono de Obama, pero se nota que conoce bien sus discursos y sus planteamientos narrativos a la hora de exponer sus ideas. No es difícil de ver (de hecho lo pusieron en el puesto 6 de políticos solteros más atractivos, de una de esas listas hechas a mayor gloria de la belleza masculina). Pero, sobre todo transmite coherencia, verdad, construcción, solución. Es cierto que su proyecto pasa por ser parte importante de la regeneración en Cataluña, pero creo que debería dedicarse a la política nacional, para así poder contribuir de manera más didáctica y práctica al tema autonómico (que no solo catalán). Reconozco que el que se declare social-demócrata en un país que, contrariamente a lo que dicen muchos del PSOE, nunca ha conocido la aplicación real de esta ideología, es de agradecer. La socialdemocracia no sólo es una posición ideológica, es una posición moral: la verdad y la igualdad de todos ante la ley, los derechos y los deberes es una máxima.

Además incluye en su discurso referencias importantes a la excelencia, a no dejarse llevar por a mediocridad, por los parásitos, por los aprovechados. Todo esto entre otras muchas propuestas interesantes.

Esperemos que Lancelot, Lanzarote o Albert diga lo que necesitamos, haga lo que dice y no se deje envenenar por la política y el poder. Esperemos.


Originally published at storybizes.wordpress.com on October 3, 2014.

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