La cuarta edad

Bruna

La escritora y periodista Rosa Montero anunciaba la pasada noche del 29 de mayo en su página de Facebook que su perrita Bruna, una teckel ya viejecita y de pelo duro, se había ido para siempre, dulcemente y en sus brazos. “Brunita” la llamaba, un diminutivo más que justificado porque era pequeñita, como un garbancito de pelo que pedía incesantes mimos y al que tenía siempre pegado a sus talones por toda la casa. Rosa siente además debilidad por los liliputienses (sale alguno en casi todas sus novelas), y Bruna era justamente eso: su única y fiel enanita peluda de cuatro patas que ahora pasa por su cuarta edad.

Seguro que todos los que estáis leyendo esto os sentís identificados con esta pérdida; los que aún no la habéis sufrido habréis fantaseado con ella (creo que es inevitable pensarlo cuando algún peludo entra a formar parte de tu vida), y los que no tengáis animales en vuestra familia tendréis la empatía necesaria ya sólo por haber pinchado el enlace. Es triste pensar en su cortísima esperanza de vida para lo importantes que llegan a ser. Pero es asombroso todo lo que nos llegan a enseñar estos granujillas.

Lo que más me llama la atención es la calidad de su relación pura y desinteresada. Lamen, juegan, muerden, bostezan de una forma muy graciosa, ponen sus patitas sobre ti, se rebozan en el suelo, en tu pantalón, te saltan encima, lamen tus pies descalzos, tus piernas al aire libre, tu cara cuando te acercas, el suelo de la cocina. Y esa curiosa costumbre de sacudirse el agua a 10 centímetros de donde estás tú. O cuando al volver del trabajo montan una fiesta y mueven el rabo como si hubieseis estado años sin veros. Habría tanto que decir… Es miserable que haya gente que se canse de ellos y los abandonen en arcenes de carreteras o descampados por no querer cumplir su rutina de comidas, de paseos, de cepillados, de baños, de limpiarles las legañas o de educarlos.

Y pobrecitos, cuando enferman. Con esa mirada cristalina de vulnerabilidad como si pudiésemos hacer algo, agachan las orejas y se marchan apáticos a un rincón, como un toro cuando está a punto de morir en la plaza. La principal diferencia es que él no tiene el brazo de sus amitos para que reposen sobre su lomo y le indiquen que todo está bien.

Bruna. Foto de Mario del Castillo

Brunita era pequeña, pero matona. Aunque una matona buena. No le gustaba ser vieja, no veía muy bien y ladraba a los desconocidos para dejarles claro quién mandaba en su territorio. De hecho imponía tanto que cuando se echaba a dormir y tenías que pasar por su lado lo hacías de puntillas para no despertarla, jajaja… Ay, Brunilla. Se hacía respetar. Ha sido compañera de Rosa en muchos aspectos: de cama, de vacaciones, de noches… Aunque ahora ella tiene que emprender un viaje sola, seguramente hacia alguna montaña con un verde similar al de El Retiro, llena de galletitas, juguetes y otros compañeros.

Mentalizarse antes de dejar ir a nuestros amigos para siempre también es un arduo trabajo. Rosa solía agacharse hacia ella, nariz con hocico, mientras repetía como una cantinela: “Qué viejita estás, te vas a morir cualquier día, ¿verdad mi niña?”. Una escena tierna, dura, pero necesaria. Brunita pasó de la tercera edad a la cuarta, donde se encuentran los recuerdos y reposan sobre la mente y el corazón. La edad en la que se quedan a vivir para siempre.

Rosa, siempre has apoyado al PACMA: nos has difundido y has asistido a actos que hemos convocado. Escribo esto con la sensibilidad a flor de piel, pensando en tu dolor. Ahora queremos apoyarte y hacerte justicia. Son momentos difíciles, pero al final todos acabaremos reencontrándonos.

¡Nos vemos en la cuarta!


Originally published at blog.pacma.es on June 1, 2015.