Carta al amor de mi vida
Hace ya cuatro años que estamos juntos.
Hace ya cuatro años que te descubrí. Yo estaba triste y estaba buscando la felicidad a toda costa. Encontré la felicidad contigo. En tu silencio. Cómo me hacías sentir cómoda en el calor húmedo de la selva en Costa Rica. Cómo me hiciste admirarme de qué frío podía llegar a hacer en Cuba. Cómo me abrazaste hasta el amanecer con el ruido de la Ciudad de México de fondo.
Cómo bailamos hasta esos amaneceres en ciudades que no recordamos y conocimos tanta gente que ya nunca más vimos, pero que tocó nuestras vidas para siempre. Juntos aprendimos que no hay nada seguro. Nada. Sólo nuestra familia que oraba por nosotros y nos abrazaba hasta quedar sin aliento una vez en casa. Y de lo increíblemente suertudos que somos de tener estos abrazos porque a muchos, al final del camino no los espera nadie.
Vos siempre fuiste mi prioridad. Mi vicio. Me levanto todos los días a dar lo mejor de mí por vos. Soy la mujercita paciente y solucionadora de problemas por vos. Pero la semana pasada llegué a aceptar que necesitamos un tiempo separados.

Porque sí te amo. Con todas mis fuerzas. Nadie me va a entender tanto como tú lo hiciste. Nadie me va a poner a través de tantas dificultades y pruebas mentales, espirituales y físicas. ¿Escalar un volcán de gravilla a 30°C con una tabla que pesa y mide 2/3 de lo que yo peso y mido? ¿Será una buena idea? ¿Llorar frente al altar de un santo que me hizo un milagro para luego retirarlo de una manera dolorosa y que la gente me vea raro? ¿Conocer dónde vivió la feminista más famosa del continente y brincar como loquita al entrar? ¿Beber cervezas en la calle mientras discuto de socialismo con un señor que podría ser mi abuelo? ¿Comer en la calle de la ciudad que nunca duerme, abajo de una estatua en vez de entrar a un restaurante? ¿Surfear en una tabla que parece que la forraron con lija y deshacerme los codos y las rodillas?
Todo eso que hicimos valió la pena. Sacó lo mejor de mí. Me hizo entender que no es malo ser sensible y llorar. O reírme a carcajadas aún si la situación es inapropriada.
Pero es hora de hacer una vida. Siento que es hora de ordenarme un poquito antes de seguir contigo. Por que me convertiste en alguien que aprecia lo estable, también. Me hiciste valorar lo que de verdad importa: Las oraciones de mi mamá, los consejos de mi papá, los chistes de mi hermano. La suavidad del pelo de Chéster. El café de Susi por la mañana. Visitar a los abuelos los findes y comer con ellos bebiéndonos unas cervezas.
Creo que te veré en un año porque voy a construir una vida basada en todo lo que me enseñaste. Necesitamos un lugar para acomodar nuestros recuerdos. Los que hicimos y posiblemente, seguiremos haciendo.
Un lugar para contar nuestras anécdotas a la gente que siempre nos espera. Para compartir lo que me enseñaste y ordenar los libros que leímos y la música que escuchamos juntos.
Lo más chistoso es que nunca supe como llamarte. No tenés definición en español. O inglés/francés que es lo que hablo. Sólo sé que en alemán te dicen “wanderlust” y que sos famoso en las fotos cliché de instagram.
Bueno Wanderlust. Gracias. Necesito un tiempo. Pero espero que regresemos pronto.
