IV
Pasó antes de irse al trabajo. Trató de esquivar al can y una vez en casa, limpió una huella de los zapatos negros. La tradicional chaqueta de cuero estaba sobre sus hombros, haciéndolo lucir más alto, distante. He venido a solucionarlo. Mañana beberé de tus entrañas, dijo. Escondida en esa boca, la pastilla, y con ella, la mejor forma de romper vínculos. Acostada en el sillón y sin malicia alguna, recibió el beso.
Días después, todos los rincones de la casa se llenaron de sangre. Resignada a manchar todo con dolor, esperaba que coagulara al jugar con la yema de sus dedos. Así se extinguía el tiempo y cada noche, otro objeto se llenaba de nostalgia. Ya no tenía sentido extrañar a los muertos, repetía, pero Adriana le cantaba al oído que “No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”.
Dispárame, que por dentro ya estoy muerta, le habló al vacío. Se percató de las palabras gastadas, de esos últimos cartuchos que solo quieren sacarte los ojos. Sí, en algún lugar, yo también tengo un hijo que me dice “¿y a ti quien te mató, madre?”.