Shades of gold.

Siento cosquillas en las palmas, las espigas de trigo están deslizándose suave bajo mis manos. Camino fijo y sin rumbo. Tras de mí hay un atardecer que no va a irse, porque así lo decidí. El sol está amarillo y ha soltado rayos delicados con toda su fuerza. No tengo calor, no me quema. No quiere dañarme, quiere pintar el campo de color dorado.

Todo a mi alrededor existe para hacerme feliz, el aire quiere que respire profundo y que mi garganta se limpie. El sol ya hizo su tarea dirigiendo el escenario que más pudo haberme gustado.

Destellos de luz caen sobre mi mano y se funden con los brillos del trigo. El color dorado es perfecto. Estoy gravemente conmovida con la perfección del dorado en el trigo. Quiero quedarme en este lugar.

Mi cabello negro está suelto, me veo bonita, me siento bonita. Llevo un vestido morado con detalles florales que a penas se ven.

Empiezo a correr, porque quiero saber cómo se sienten las espigas cuando el viento las mueve, quiero frescura en mi rostro. Mis pasos son largos y suaves, mis pies no tocan el piso, casi podría decir que vuelo. Y abro mis brazos para prolongar esa sensación.

Mis ojos, como ventanas, empiezan a mostrarme que las espigas de trigo se manifestaron en forma de tu barba cuando empecé a acariciar tu cara.

Mientras continúo en aquel escenario perfecto, empiezo a describirlo para vos. Me decís: -Quisiera estar en ese campo de trigo. Pero yo, estremecida, te respondo: -No, porque el campo sos vos.

“Siempre quise conocer un campo de trigo.”
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