‘Breviario de saberes inútiles’, de Simon Leys

Luis Daniel González
Oct 12 · 5 min read

Grandísimo libro, por su extensión y por su contenido, al que vale la pena echarle tiempo. Más o menos la mitad de los ensayos que contiene se dedican a cuestiones literarias y la otra mitad a la cultura china, en la que el autor es un experto. Entre los textos sobre otras cuestiones, a mí me gustaron especialmente uno que trata sobre la Universidad (a él aludí en la nota Desprestigio y necesidad de la universidad), otro excepcional que mencionaré al final de este comentario, y otro en el que comenta un libro editado en Francia por Xavier de Castro, Jocelyne Hamon y Luis Filipe Thomaz, y titulado Le voyage de Magellan.

Un punto que aborda Leys, en un texto de 1999 en el que comenta extensamente una gran biografía de Víctor Hugo, es el de la dificultad intrínseca de las biografías literarias: no sólo porque los gigantes, vistos de cerca, pueden ser desagradables (como comprobó Gulliver, dice Leys), sino por esta verdad básica: «lo único que podría justificar nuestra curiosidad es precisamente lo que por necesidad debe escapar al análisis del biógrafo: el misterio de la creación artística».

En «El Orwell íntimo» un artículo sobre las cartas de George Orwell (cuyo origen exacto la editorial se ha olvidado de poner en el apartado «Procedencia de los textos») habla de su escrupuloso sentido de la justicia y, para mostrarlo, cuenta que mandó a la editorial una corrección final a Rebelión en la granja en la que decía: «en el capítulo VIII (…) escribí: “todos los animales, incluido Napoleón, se lanzaron de bruces al suelo”. Me gustaría modificarlo por “todos los animales menos Napoleón”. Pensé que la modificación sería hacer justicia a Stalin, pues durante el avance alemán él se quedó en Moscú».

En el artículo «Roland Barthes en China» (Barthes et la Chine, 2009), Leys responde a ciertos elogios que recibió Barthes por su honestidad y valor, diciendo que «Barthes tenía sin duda cualidades, pero no estas». Concluye diciendo que «ante los escritos “chinos” de Barthes (y de sus amigos de Tel Quel), le viene a uno a la mente de forma espontánea una sola cita de Orwell: “Hay que formar parte de la intelligentsia para escribir semejantes tonterías, ningún hombre corriente podría ser tan estúpido”».

En «Chesterton, el poeta que baila con cien piernas», expresión del mismo Chesterton en una entrevista para referirse a Domingo, el protagonista de El hombre que fue jueves, y que se refiere a la dificultad de mantener enfocada su imagen para poder hacer un buen retrato suyo, habla de que Chesterton era un poeta como son poetas los niños: «el don del poeta (que es también el don del niño) es la capacidad para conectar con el mundo real y mirar las cosas embelesado». Explica cuánto valoraba Chesterton lo que puede hacer un aficionado frente a un profesional pues, de acuerdo con un principio básico de la estética clásica china, en la que Leys es especialista, puedes ser profesional si eres abogado, sepulturero, dentista, etc., pero no si eres poeta, marido o esposa, padre o madre… Recuerda la precisión de los análisis chestertonianos, lo certeras que se han demostrado sus advertencias proféticas, la pertinencia que siguen teniendo muchos comentarios suyos frente a los que hicieron la mayoría de sus contemporáneos. Termina, con acierto, apuntando cómo «su abrumador sentimiento de asombro y gratitud precedió en muchos años a su conversión religiosa».

En un artículo titulado «Joseph Conrad y “El agente secreto”», señala lo sorprendente que resulta que Conrad y Chesterton no tuvieran nunca ningún trato ni se mencionasen mutuamente (salvo una referencia ocasional en una carta de Conrad, dato que yo no tenía). Es un asunto al que me referí en Formas de la felicidad: la única conexión que yo conocía era que, cuando Chesterton falleció, la viuda de Conrad le escribió a la de Chesterton diciéndole que a su marido le hubiera gustado conocerle. Apunta Leys que si Chesterton se caracteriza por una «alegría solar», en su obra en general y en El hombre que fue jueves en particular, Conrad, «en cuanto se aleja del mar se sumerge en una negra angustia (¿acaso no había observado él mismo que la paz de Dios, ese dios en el que no creía por otra parte, no comienza más que en alta mar a mil leguas de tierra firme?); El agente secreto se desarrolla íntegramente en Londres, megalópolis monstruosa, opresiva y crepuscular. El mar es allí invisible y, en la época, sus lectores no se lo perdonaron».

En «Un imperio de fealdad» Leys responde a la bajeza hipócrita de un libro de Christopher Hitchens sobre la Madre Teresa de Calcuta. He recordado, al leerlo, la defensa que hizo R. L. Stevenson del padre Damián — a quien fue a ver a la isla de Molokai — , frente al ataque, con aires de aristocrática superioridad, del pastor presbiteriano C. M. Hyde (me referí a ella en esta nota; aquí hay un resumen de la polémica y de la carta de Stevenson). Leys termina su artículo — en el que recoge sus cartas a medios donde había publicado artículos Hitchens y el intercambio de cartas que mantuvo con él — , con este comentario espléndido:

«Los verdaderos filisteos no son incapaces de reconocer la belleza; la reconocen demasiado bien; detectan su presencia en cualquier parte, de inmediato y con un olfato tan infalible como el esteta más sensible, pero en su caso para poder lanzarse mejor sobre ella y destruirla antes de que encuentre un punto de apoyo en su imperio universal del fealdad. La ignorancia no es simplemente ausencia de conocimiento, el oscurantismo no se debe a la escasez de luz, el mal gusto no es una carencia de buen gusto, la estupidez no es sólo falta de inteligencia: se trata en todos los casos de fuerzas ferozmente activas, que se afirman con furia en toda ocasión, que no toleran ningún desafío a su dominio omnipresente. En todos los campos de la actividad humana, el talento inspirado es una ofensa insoportable a la mediocridad. Si esto es cierto en el reino de la estética, en el de la ética lo es todavía más. La belleza moral parece exasperar más que la belleza artística a nuestra patética especie. La necesidad de rebajar a nuestro miserable nivel, de desfigurar, de ridiculizar y de desacreditar cualquier esplendor que se eleve por encima de nosotros, probablemente sea el impulso más deplorable de la naturaleza humana».

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Simon Leys. Breviario de saberes inútiles. Ensayos sobre sabiduría en China y literatura occidental (The Hall of Uselessness, 2011). Barcelona: Acantilado, 2016; 592 pp.; trad. de José Manuel Álvarez-Flórez y José Ramón Monreal; ISBN: 978–84–16748–07–5.

    Luis Daniel González

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    Escribo sobre libros, y especialmente sobre libros infantiles y juveniles, en www.bienvenidosalafiesta.com y en http://librosparajovenes.aceprensa.com.