Buenos recuerdos de infancia

Hoy he leído una excepcional columna: El padre.

Al leerla, con los recuerdos que a mí me ha traído, me vino a la cabeza un comentario de Gérard Genette: «el verdadero milagro proustiano no es que una magdalena mojada en té tenga el mismo gusto que otra magdalena mojada en té y despierte el recuerdo; es, más bien, que esa segunda magdalena resucite con ella un cuarto, una casa, una ciudad entera, y que ese lugar antiguo pueda, por espacio de un segundo, “conmover la solidez” del lugar actual, forzar sus puertas y hacer vacilar sus muebles».

Además, pensé de nuevo en un texto de Fiódor Dostoievski cuando, a un amigo que se propone visitar los lugares de su primera infancia y adolescencia y que le pregunta qué recuerdos tienen, si es que tienen alguno, los jóvenes de hoy, le replica lo siguiente:

«Que los niños de hoy también tienen recuerdos sagrados no tiene ninguna duda, pues de lo contrario se habría secado la vida viva. El hombre no podría vivir sin ese algo sagrado y precioso que le aportan los recuerdos de infancia. (…) Puede tratarse incluso de recuerdos penosos y amargos, pero hasta los sufrimientos vividos se transforman después en algo sagrado para el alma. El hombre, en general, está hecho de tal manera que ama los sufrimientos que ha padecido. Además, la necesidad le lleva a marcar mojones en su pasado que le permitan orientarse más tarde en la vida y sacar conclusiones de conjunto, con miras al buen orden y edificación personal. En ese sentido, los recuerdos más intensos e influyentes son casi siempre los que se conservan de la infancia».

Más adelante sigue: «Sin algún vestigio de algo positivo y bello el hombre no puede salir de la infancia y entrar en la vida; sin algún vestigio de algo positivo y bello no se puede poner a una generación en el camino de la vida». Por eso, continúa, «cualquier padre responsable y razonable sabe (…) que, delante de sus hijos, en la vida cotidiana, debe abstenerse de cierta incuria (…) en las relaciones familiares, de cierta falta de disciplina y permisividad; que debe prescindir de hábitos nocivos y perniciosos, y, sobre todo, no desentenderse nunca de la opinión que los hijos puedan formarse de él, de la impresión desagradable, negativa y cómica que con tanta frecuencia despierta en su ánimo nuestra despreocupada conducta en el seno del hogar. ¿Me creeréis si os digo que un padre responsable a veces debe reeducarse por completo en consideración a sus hijos?».

Gérard Genette. «Metonimia en Proust», Figuras III (Figures III, 1972), página 30. Barcelona: Lumen, 1989; 338 pp.; trad. de Carlos Manzano; ISBN: 84–264–2358–2.

Fiódor Dostoievski. Julio-Agosto 1877, Diario de un escritor (Dnevnik pisatelia, 1873–1880). Barcelona: Alba, 2007; 630 pp.; col. Alba Maior; trad., selección, introducción y notas de Víctor Gallego Ballestero; ISBN: 978–84–8428–354–6.