Día de los museos

Luis Daniel González
May 18 · 5 min read

Reúno a continuación algunos excelentes párrafos de varios autores, unos en contra y otros a favor de las visitas a los museos.

A mí me gusta visitar museos, porque es la única manera de conocer de primera mano algunas cosas, pero entiendo bien que a muchos no les resulten atractivos y, parcialmente al menos, comparto el rechazo conceptual hacia ellos que formulan gente como Valéry y Gombrowiz. Dice Paul Valéry: «El oído no soportaría escuchar diez orquestas a la vez. El espíritu no puede ni seguir ni dirigir varias operaciones distintas, y no hay razonamientos simultáneos. Pero el ojo se encuentra obligado a admitir en la abertura de su ángulo movedizo y en el instante de la percepción un retrato y una marina, una cocina y un triunfo, y personajes de los más diversos estados y dimensiones; y encima ha de acoger en una misma mirada armonías y maneras de mirar mutuamente incomparables». Dice Witold Gombrowicz: «Los cuadros no están hechos para ser colocados uno al lado del otro en una pared desnuda; un cuadro sirve para adornar un interior y ser la alegría de quienes pueden disfrutar de su presencia. Aquí, en cambio, se produce una saturación, la cantidad ahoga la calidad, las obras maestras contadas por docenas dejan de ser maestras». A esa enemistad de Paul Valéry hacia los museos se refiere Etienne Gilson en su extraordinario Pintura y realidad. Allí explica que muchos museos, y otras instituciones, actúan con un espíritu que cabría llamar educativo con vistas a que los niños y la gente se acerquen al arte, con lo que «la misma educación corre peligro de arruinar sus propios propósitos» pues, a veces, el deseo de dar o de lograr una educación es uno de los obstáculos principales en el camino que conduce a ella. Esto se ve si pensamos en que la educación como fin en sí misma es un punto de vista propio del educador, por eso hay mucha educación en las escuelas y poca en los alumnos, y que la educación no es un fin a perseguir por sí mismo sino que es un resultado de la búsqueda desinteresada de aquello que merece ser anhelado y amado por sí mismo. Es decir, sigue, «si el hombre busca la belleza para adquirir una educación, perderá tanto la belleza como la educación, pero si busca el goce de la belleza por sí misma, tendrá tanto la belleza como la educación. Busca primero la verdad y la belleza y la educación se te dará por añadidura». Sin duda, como el placer del arte mismo solo puede hallarse allí donde está el arte, es decir, no en los libros ni en el discurso sino en las pinturas, hay que ir a los museos y, sin duda también, depende de nosotros aprender a hacer buen uso de los museos que están a nuestra disposición. Así que uno puede estar a favor de las visitas dirigidas, de las exposiciones especializadas, etc. Pero a la vez conviene tener en cuenta que «el hombre puede absorber dosis prácticamente ilimitadas de propaganda, información e incluso enseñanza, pero no de placer, ni siquiera cuando se trata de los más nobles». «Nuestra aptitud para el goce artístico es limitada. No se incrementa con la repetición de la experiencia estética. El vértigo de museo es el precio que se paga por emborracharse de pintura». Y, de más está decir, «nadie está obligado a emborracharse, ni siquiera de pintura. La cosa es que, por su naturaleza misma, los museos son posibilidades permanentes de intoxicación».

Entre los autores que defienden y promueven las visitas (con sentido) a los museos uno es George Steiner, que cuenta que, cuando era niño, «no quedó un solo museo de París y, más tarde, de Nueva York al que mi padre no me llevara un sábado». Y luego continúa: «Más tarde llegué a comprender la enorme inversión de esperanza contra esperanza, de atenta inventiva, que mi padre realizó en mi educación Y ello durante años de tormento público y privado, cuando la amarga necesidad de construir un futuro para nosotros a medida que el nazismo se aproximaba lo destruyó emocional y físicamente. Todavía me asombra la cariñosa astucia de sus mecanismos. Nunca se me permitía leer un nuevo libro hasta que no hubiese escrito y sometido a la valoración de mi padre un informe detallado del libro de acababa de leer. Si no había comprendido determinado pasaje — después de que mi padre hiciese su propia interpretación y aportase sus sugerencias — , tenía que leérselo en voz alta. En ocasiones, la voz puede aclarar un texto. Si seguía sin entenderlo, me obligaba a copiar el pasaje en cuestión. Y, con ello, aquel filón acababa normalmente por entregarse».

Otro autor que habla bien sobre la cuestión es Ernst Gombrich: «Hay personas que siempre están en contra de aprender fechas, pero las fechas son los postes más importantes de los que colgar el conocimiento de la historia. Naturalmente, mi padre solía llevarnos a los niños al Museo de Arte Histórico, que estaba muy cerca de donde vivíamos. Los domingos lluviosos solíamos ir allí, aunque cuando yo era muy pequeño hubiera preferido que nos llevase al Museo de Historia Natural, con sus animales disecados. Pero más tarde a mí también me gustaron los cuadros del Museo de Arte Histórico, siendo a la vez que la biblioteca de mis padres, sin duda, una de las mayores influencias de mi vida. No es que contaran con una biblioteca especialmente grande, pero tenían volúmenes de los Klassiker der Kunst. Y las colecciones editadas por Knackfuss — monografías de los principales maestros del Renacimiento italiano y del siglo XVII en Holanda — eran lectura obligada en casa. Mirábamos y comentábamos unos y otras. Así que mientras iba al colegio en el Gymnasium, adquirí un interés creciente, primero en la prehistoria — hachas de piedra y cosas que les interesan a los niños — y más tarde también en el antiguo Egipto y el arte clásico».

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Paul Valéry. «El problema de los museos» (Le problème des musées, 1923), Piezas sobre arte (Pièces sur l’art). Madrid: Visor, 1999.

Witold Gombrowicz. Diario 1 (Dziennik 1953–1956). Madrid: Alianza, 1988.

Étienne Gilson. Pintura y Realidad (Painting and Reality, 1957). Pamplona: Eunsa, 2000.

George Steiner. Errata — El examen de una vida (Errata: AnExaminedLife, 1997). Madrid: Siruela, 2009.

Ernst Gombrich. Gombrich esencial — Textos escogidos sobre arte y cultura (TheEssentialGombrich, 1996). Edición de Richard Woodfield. Madrid: Debate, 1997.

    Luis Daniel González

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    Escribo sobre libros, y especialmente sobre libros infantiles y juveniles, en www.bienvenidosalafiesta.com y en http://librosparajovenes.aceprensa.com.