De los comportamientos políticos

Modifico un poco algunos de estos textos con distintas consideraciones de Chesterton acerca de algunos comportamientos habituales en nuestra vida social y política:

—Lo que convence a la humanidad de la sinceridad de un hombre es que deba seguir sus principios y lo haga yendo en contra de sus sentimientos. La sinceridad se muestra en que uno se rinde ante uno mismo. Por ejemplo, alguien a favor del despotismo no es necesariamente honesto cuando elogia al rey, pero probablemente lo es si le insulta pero le obedece. O un vegetariano que odia la carne no es tan serio como uno a quien le gusta la carne. Del mismo modo, los actos de la justicia no fueron más poderosos cuando se cumplieron con gusto. Al revés, lo fueron cuando se cumplieron con reluctancia.

—La teoría de que la libertad, la justicia, etc., se van obteniendo por una política de paso a paso, igual que la noción de que nuestras instituciones mejoran lentamente, están fundadas en débiles coincidencias, pero no en la realidad. De fondo hay una equivocación acerca de la naturaleza humana. Un hombre que decide pelear hasta morir por algo, no lo hace poco a poco. Por supuesto, no se deja quemar hoy la mitad y vuelve años más tarde para que le quemen la otra mitad.

—El político sensato ve las cosas tal como ve un árbol que existe y que allí está, tanto si le gusta como si no. En cambio el insensato intenta cambiarlas en algo distinto por el poder de su mente [y con el dinero de los demás], como si fuera una bruja.

—Los viejos hipócritas fingían ser religiosos cuando en realidad eran irreligiosos. Pero los nuevos hipócritas fingen ser irreligiosos cuando en realidad son religiosos. Tartufo fingía estar persiguiendo objetivos celestiales cuando tenía objetivos terrenales. El moderno puritano finge tener objetivos terrenales cuando todo el tiempo (tipo astuto) tiene objetivos celestiales.

—Aplicamos la palabra estricto, estrecho, fanático o intolerante, a dos estados mentales que no sólo son diferentes sino opuestos: al de quien es lógico y al de quien es ilógico, al de quien tiene una doctrina neta y al de quien tiene un mero prejuicio (o un sentimiento, o un instinto, si se quiere). Porque un hombre debe tener algo y si no tiene doctrina tiene prejuicios. Esto lo vemos en el viejo puritano teológico, que tenía principios, y el puritano moderno, que tiene sólo prejuicios. Mientras los del primer tipo rechazaban cosas que amaban porque pensaban que eran malvadas, los del nuevo tipo rechazan las cosas que odian y, sencillamente, las llaman malvadas.

—El daño mayor que hace a la sociedad una vida política dominada por el actual sistema de partidos es que inculca en los ciudadanos, ya desde la escuela, el desprecio a la verdad. El sistema de partidos está fundado sobre la base de que decir la verdad completa no importa. Está fundado en el principio de que media verdad es mejor que ninguna política. Nuestro sistema convierte a una multitud de hombres, que podían ser imparciales, en partidarios irracionales. Enseña a algunos hombres a decir mentiras y enseña a todos los demás a creerlas. Convierte a los ciudadanos en una especie de abogados. Sé que todo esto tiene sus encantos y sus virtudes, como la lucha y el compañerismo; y que tiene también el encanto y las virtudes del juego. Pero esto sería una imposibilidad absoluta en una nación que creyese en la importancia de decir la verdad».

—Lo primero «que necesitamos hoy no es optimismo o pesimismo, sino una reforma del Estado cuyo nombre propio es “arrepentimiento”, pues es la reforma de un ladrón y eso supone que ha de admitir previamente que ha sido un ladrón. Los políticos y gobernantes no deben dedicarse a inventar consuelos o a profetizar desastres, sino que, primero y antes que ninguna otra cosa, deben confesar sus maldades. No deben decir que el mundo va a ir a mejor gracias a una especie de cosa misteriosa llamada progreso, algo así como una providencia sin propósito. Deben reconocer lo que han estado haciendo mal y entonces podrán felicitarse de estar por fin en lo correcto; no deben de ningún modo dedicarse a insinuar que, en cierto modo, estaban en lo correcto cuando estaban equivocados. En este aspecto hay progresistas que son la peor especie de los conservadores pues insisten en conservar, de la forma más obstinada y oscurantista, los rumbos marcados por ellos mismos en el pasado. Es humano cometer errores; pero el único error mortal, entre todos los errores, es el de negar que nos hemos equivocado».

Luis Daniel González

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Escribo sobre libros, y especialmente sobre libros infantiles y juveniles, en www.bienvenidosalafiesta.com y en http://librosparajovenes.aceprensa.com.