‘El río’, de Margaret Rumer Godden

En un prólogo, posterior a la película que filmó Jean Renoir a partir de esta extraordinaria narración, la escritora inglesa dice que este fue uno de esos libros «que se nos dan escritos» y que la inspiración le vino con ocasión de una visita que tuvo que hacer a los lugares de su niñez, en Bengala, en 1945. Dice ahí también que todo lo que cuenta en él responde a sus recuerdos, salvo que no tuvo un hermano pequeño al que matara una cobra.

Una familia inglesa en la India colonial de comienzos de siglo. La narración se centra en los pensamientos y las relaciones de Enriqueta con sus hermanos y las personas que viven o visitan su casa: la mayor Beatriz, Bogui el menor, la pequeña Victoria, su aya Nan, y el inválido capitán John. Enriqueta es una chica reflexiva, observadora y preguntona, que tiene un Recinto Secreto y escribe versos, y que piensa que debería avisar a sus padres de algunas aficiones peligrosas del independiente Bogui. Desde los comienzos se multiplican las señales de que sus juegos, en especial su interés por una cobra oculta en el jardín y por llegar a ser encantador de serpientes, pueden acabar mal.

Rumer Godden suele atrapar el interés con un modo de narrar en tercera persona, unos diálogos ágiles, y unas descripciones vivas cuya calidad es admirable. En ellas presenta, con simpatía, rituales y fiestas locales, escenas de vida familiar, el bullicio comercial en el río, y nos hace percibir toda clase de sonidos y olores. Es un personajillo encantador Bogui, un niño ensimismado al que «le gustaba comer hormigas para adquirir sabiduría», y que, a diferencia de Enriqueta, a quien «le encantaba molestar a los bichos, y matarlos a veces» (¿alguien imagina esto en la heroína de un libro infantil de hoy?), «se entretenía con las lagartijas y con las culebritas de la hierba, y jugaba a los soldados con los insectos».

Pero, sobre todo, el libro contiene una exposición magistral del mundo interior de la protagonista: «la mitad de Enriqueta quería seguir siendo niña y la otra mitad deseaba crecer», afirma el narrador. «Tú, Queta, — le dice su hermana Beatriz —, siempre tratas de detener la marcha de las cosas… y no puedes». Más adelante será también Beatriz la que llore porque «todo está cambiando demasiado aprisa… y yo no quiero que cambie», mientras Queta piensa: «Nada dura para siempre. Todo se va… ¿Y de verdad se va?»

El capitán le explica un día que con cada suceso podemos nacer de nuevo y morir también, que «hay grandes y pequeñas muertes… y grandes y pequeños nacimientos», pero ella no lo entiende bien. Pero ese pensamiento «demasiado lento, y demasiado feliz todavía» del principio va cambiando y, poco a poco, va dándose cuenta de cómo el río sigue siempre adelante, engulle y asimila cualquier acontecimiento.

También, «algunas veces, durante la noche, Enriqueta pensaba en la muerte. Pensaba que se moría su padre… o su madre… o Nan, que en realidad era muy vieja. Entonces despertaba apresuradamente a Beatriz para que la consolase». No logra discernir bien los mensajes confusos que le llegan sobre la vida después de la muerte — de origen cristiano, hindú, budista, mahometano… —, que se quedan como rendijas abiertas en su mundo subconsciente, según afirma el narrador. Luego, después de que a Bogui le pique la cobra, se acentúan sus reflexiones sobre «los signos de la vida y de la muerte».

Margaret Rumer Godden. El río (The River, 1946). Madrid: Rialp, 1998; 186 pp.; trad. de León Felipe; trad. del prefacio de Carmen Gómez de Agüero; ISBN: 84–321–3186–5.