Estadísticas sobre lectura y lectores

A quienes intentan orientarse con los datos globales sobre lectura o no-lectura con los que, periódicamente, se nos bombardea, les acaba ocurriendo lo que al estadístico que se ahogó intentando atravesar un río de cincuenta centímetros de profundidad media.

Las estadísticas son un arma para cuestiones cuantitativas y por eso no funcionan cuando se aplican a la lectura y los lectores, realidades que solo podemos comprender de forma cualitativa, pues un solo buen lector y un solo buen libro lo cambian todo.

Primero, porque no lo abarcan todo: si se nos dice que los datos demuestran que los negros corren más que los blancos, porque así lo prueban los resultados de todas las carreras registradas durante los últimos treinta años, hay que replicar que, con el mismo modo de razonar, podríamos decir también que los negros no destacan en hípica ni en vela, tal vez porque no se llevan bien con los caballos o con los peces.

Segundo, porque los motivos de los comportamientos humanos son muy distintos: una estadística sobre borracheras es problemática porque no es solo que dos hombres pueden beber por diferentes razones, sino que incluso pueden beber por razones opuestas.

Tercero, para recoger datos correctos sobre algo es necesario que ese algo sea una realidad precisa: como indica el título de un cuento famoso, es necesario saber «de qué hablamos cuando hablamos de amor».

Veamos lo primero en nuestro caso. Las estadísticas globales sobre hábitos de lectura o de no-lectura nunca tienen en cuenta el clima —a mí al menos me parece normal que los chicos brasileños lean menos que los finlandeses y me alarmaría si fuera de otra manera — ; ni suelen hacer distinciones sociales básicas — no se pueden equiparar los hábitos de lectura de novelas de un estudiante de filología con los de un estudiante de ingeniería; o los de chicos de barrios y de colegios de muy distinta extracción social.

Veamos lo segundo. No hay manera de uniformar hechos que son, por su propia naturaleza, misceláneos. En muchos aspectos de los comportamientos humanos solo a partir de una muestra pequeña y controlada podemos obtener una cierta síntesis que nos ayude a comprender mejor la realidad. En ese sentido las estadísticas nunca dan la verdad porque nunca pueden dar las razones: por eso es un error recurrir a las estadísticas para intentar comprender algo tan elusivo como la lectura de libros muy distintos por parte de gente muy distinta.

Veamos lo tercero, que ya está indicado en la frase anterior. Para poder hacer estadísticas sobre lectura tendríamos que ponernos de acuerdo primero en de qué hablamos cuando hablamos de leer y de libros. Parece tonto tener que recordar que leer a Calderón de la Barca o a Thomas Mann no es comparable con leer a Paulo Coehlo o a Dan Brown…, o álbumes ilustrados infantiles.

En fin, en asuntos como la lectura y los lectores se pone de manifiesto lo de que «el estadístico está tratando de construir una rígida e inalterable cadena de eslabones elásticos», decía Chesterton.

Luis Daniel González

Written by

Escribo sobre libros, y especialmente sobre libros infantiles y juveniles, en www.bienvenidosalafiesta.com y en http://librosparajovenes.aceprensa.com.

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