‘Historia de dos ciudades’, de Charles Dickens

Luis Daniel González
Nov 17 · 5 min read

Tomo, de la tercera edición de La eficacia del optimismo, el comentario que puse allí a esta novela que, a diferencia de otras novelas del autor, tiene un argumento lineal, sin derivaciones de su hilo principal, y tiene acentos más sombríos, casi sin rasgos de humor. Calificada de «me­lodrama londinense con el fondo de una tragedia parisina», es la única de las sus novelas claramente deudora de otro autor, el historiador Thomas Carlyle. Su estilo es más retórico, algo que, suponen los especialistas, tuvo su origen en la costumbre que había ido adquiriendo Dickens de realizar lecturas dramatizadas de sus obras.

La acción se desarrolla entre 1775 y 1792. Comienza cuando Jarvis Lorry, un empleado de un banco inglés, hace un viaje a París para traerse a Londres al doctor Manette, un hombre que, después de pasar en prisión casi veinte años, está en un estado de salud lamentable. Pasan los años y, cuando ya se ha recuperado gracias a los cuidados de su hija Lucie, casada con un joven francés llamado Darnay — que salió bien parado de una acusación de espionaje gracias a su parecido con Sydney Carton, el ayudante de un abogado — , todos acaban volviendo a París justo cuando la revolución está en su punto más alto. En la trama se alternan los capítulos que siguen a los protagonistas ingleses, y los que narran lo que va sucediendo en Francia, en los cuales el pueblo sublevado está representado por los taberneros Defarge y su entorno, y los aristócratas corruptos lo están por el marqués de Evremonde.

Para escribir su novela Dickens se apoyó en la investigación histórica de Carlyle acerca de la Revolución francesa. Pero, dice Chesterton, mientras Carlyle recogía cuidadosamente los documentos y verificaba las referencias, Dickens sólo tomaba sus ideas de la gente; mientras Carlyle era escocés y estaba históricamente conectado con Francia, Dickens era un inglés para quien Londres era la capital del mundo y, por supuesto, no entendía que París pudiera ser la capital de Europa o por qué se decía que todos los caminos conducen a Roma… En teoría se diría que Carlyle era sabio y Dickens un ignorante, pero Dickens comprendió lo que no comprendió Carlyle y su presentación de la Revolución francesa se aproxima probablemente mucho más a la revolución francesa real que a la que desplegó en sus obras Carlyle.

Carlyle siempre supone que cuando se producen las tragedias el hombre que las provoca es trágico; Dickens sabe que quienes provocan las peores tragedias son cómicos, como por ejemplo Quilp (Almacén de antigüedades). Carlyle era sutil pero no sencillo, y la Revolución francesa fue algo simple que un hombre sencillo pero no sutil como Dickens sí pudo ver, igual que vio, y dijo a los esclavistas norteamericanos, que la crueldad y el abuso irresponsable de poder son las peores pasiones humanas. Por eso Dickens, cuando escribe sobre la Revolución francesa, no hace que la revolución en sí misma sea una tragedia, pues sabe que un estallido rara vez es una tragedia y que, generalmente gracias a él, se impide la tragedia. Todas las tragedias verdaderas son silenciosas (y, al decir esto, Chesterton estaba seguramente pensando en el despojo silencioso que, durante siglos, sufrió el pueblo inglés a manos de sus clases altas). Por eso, en su obra, Dickens condena la crueldad de la Revolución pero no sin antes mostrar la crueldad de los aristócratas que provocó e incluso legitimó la rebelión de las clases populares.

Siguiendo de cerca los comentarios de Chesterton, explica George Orwell que Dickens presenta la Revolución francesa no como una necesidad histórica sino como algo que llegó a ser inevitable porque los aristócratas se lo ganaron a pulso. Señala el horror profundo de Dickens ante la violencia de la turba — algo que también se nota en Barnaby Rudge — y lo bien que refleja la inseguridad de pesadilla de aquel periodo. Otra cosa que subraya es el acierto de Dickens en la caracterización de la revolucionaria Madame Defarge, una figura espantosa que, para él, es el mejor retrato hecho por Dickens de un personaje maligno.

La novela empieza con un capítulo titulado «La época», cuyo primer párrafo es uno de los más citados de la literatura universal:

«Era el mejor y el peor de los tiempos, una edad de sabiduría y de necedad, una época de creencia y de incredulidad, un momento de luz y de tinieblas, la primavera de la esperanza, el invierno del desaliento, todo lo teníamos ante nosotros, nada teníamos ante nosotros, íbamos derechos al Cielo o directamente al otro sitio. En pocas palabras, aquellos tiempos eran tan sumamente parecidos a los actuales que algunas de sus autoridades, aquellas que más se oían, insistían en calificarlos, para bien o para mal, sólo en el grado superlativo de comparación».

Pero no resulta menos notable, por «genuinamente noble y emocionante» según Chesterton, el tramo final.

En él, primero suceden muchas cosas: entre otras, un magnífico diálogo, planteado como una partida de cartas, entre Carton y un espía; las escenas del arrepentimiento del ayudante de Lorry, el turbio Jerry Croucher, tanto de sus actividades pasadas como del trato que daba a su esposa; una pelea tragicómica entre la señorita de compañía de Lucie Manette y Madame Defarge…

Hasta que la narración se centra en Sydney Carton cuando concibe y ejecuta un plan para liberar a sus amigos a sabiendas de que se juega la vida. El narrador cuenta que Carton hace una compra por la noche, se despide del comerciante diciendo en voz alta «No puedo dormir», y continúa:

«El modo en que pronunció estas palabras (…) era el tono sosegado de un hombre fatigado que durante mucho tiempo había vagado, luchado y perdido el rumbo y que, por fin, había encontrado el camino y podía ver el final.

Hacía mucho tiempo, cuando era famoso entre sus primeros competidores como joven que prometía mucho, había acompañado a su padre hasta la tumba. Su madre había muerto algunos años antes. En el entierro de su padre leyó unas palabras solemnes que volvieron de nuevo a su recuerdo mientras atravesaba las oscuras calles, rodeado de profundas sombras, mientras la luna y las nubes cruzaban rápidamente el firmamento, justo encima de él: “Yo soy la Resurrección y la Vida”, dijo el Señor. “El que cree en Mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en Mí, no morirá para siempre”.

Estaba solo en una ciudad dominada por la cuchilla. Era de noche, y se encontraba genuinamente apenado por las sesenta y tres víctimas que ese día habían sido ejecutadas, y por las que en sus respectivas prisiones esperaban igual suerte, y por las del día siguiente, y las del otro. Habría sido muy fácil, por tanto, encontrar la cadena de asociaciones mentales que le habían hecho recobrar aquellas palabras, como si fuesen la oxidada y vieja ancla de un navío clavada en el fondo del mar. Él no las buscó, pero las repitió y siguió su camino».

Esas palabras evangélicas volverán a resonar en su cabeza varias veces, dándole una inesperada confianza que sabrá transmitir también a una chica campesina que acude a él justo antes de ser guillotinada, en una escena verdaderamente memorable.

En el desenlace, contrariamente a su forma de actuar en otras obras, Dickens no deja encauzadas las vidas de sus personajes sino que, simplemente, presenta cuáles podrían ser los pensamientos y deseos de Carton para todos ellos.

Edición manejada: Historia de dos ciudades (A Tale of Two Cities, 1859). Madrid: Cátedra, 2001; 512 pp.; col. Letras universales; edición de Pilar Hidalgo; trad. de Juan Jesús Zaro Vera; ISBN 10: 84–376–1953-X.

    Luis Daniel González

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    Escribo sobre libros, y especialmente sobre libros infantiles y juveniles, en www.bienvenidosalafiesta.com y en http://librosparajovenes.aceprensa.com.